METAMORFOSIS IMPOSIBLE: ¿CUANDO EL HOMBRE DEJA DE SER HOMBRE?



Extracto: Misiones: Tierra de Lobos –Maligno provocador- Entrevista con la madre del protagonista: pacto de lobos – Material inédito: en el orbe argentino.

Primavera del 2002.

Aquellos fueron días aciagos. Ahora lo recuerdo con total nítidez y me recorre un sútil y efímero escalofrío. Por aquellos días estaba empantanado en las bibliotecas buscando – o intentando – coherencia a un asunto muy complejo y controvertido.

Nada menos que la leyenda del hombre lobo. Leyenda que se transformó en una “palpable” realidad –al menos para los lugareños- en un solitario pueblito de Misiones, en el límite con Brasil.

Y sé con seguridad que lo que me dispongo relatar–arrellanado en mi sillón, tecleando en este ordenador portátil – puede parecer broma.

Pero es una experiencia. Y debe ser contada. Aunque no parezca verosímil.

Veo mi llegada en un día torrencial de lluvias. El cielo gris que empañaba aún más el parabrisas del autobús. Sentir la soledad de investigar, viajar sin otra compañía que el deseo, la pasión por lo inexplicable. Ese era yo.

En el viaje, extenso y agotador, me dispuse a pensar cómo se había hilado toda esta fascinante historia. Y todo había nacido de una casualidad en la Biblioteca.

Allí, el investigador Fabio Picasso, verdadera Biblioteca viviente, me desayunó con una noticia: al parecer, en un ignoto pueblo de la provincia de Misiones, en San Javier, un joven humilde había sido protagonista de una extraña e inquietante metamorfosis. A tal extremo que su madre, aterrorizada, había llamado a su vecino quien al enfrentarse con el muchacho no tuvo mejor idea que telefonear a la policía.

¿Qué había ocurrido? Pues sencillamente –aunque no tan fácil – el joven se había convertido en un mismísimo animal, en cuatro pies, jadeante y de ojos colorados. ¿Increíble? Eso mismo me pareció.

Lo adjudiqué “a priori” a una alucinación. Una leyenda. Una superstición. Allí estaban los miles de informes en la Edad Media para respaldarme. Puras historias enfebrecidas. Nada de misterio. La cuestión –lo reconozco- cambió al estar ante la madre, ante el comisario, y ante un barrio convulsionado por la noticia.





MALIGNO PROVOCADOR

La lluvia me empapa toda la ropa. El cabello gotea y el cielo, allí arriba, relampaguea. Llego como los protagonistas de Pacto de Lobos, pero sin oriental que me defienda.

Estoy en pleno San Javier, escenario de esta inquietante historia. He recorrido más de 1184 km desde Buenos Aires y, creo yo, no tuve un minuto de tranquilidad. La desbordante historia me ha sacudido. Y no es que otras muchas no lo hayan hecho también. Pero aquí estoy cara a cara con el pasado, el misterio que todos consideramos superstición. ¿Cómo es que se producen estos mitos?.

Camino despacio, intentando reconocer el lugar de autos. Un lugareño me indica donde queda la jefatura que tomó intervención en el suceso. Allí dirijo mis pasos. La lluvia es tan insoportable que ya me siento un bollo marchito, los dedos arrugados, la ropa anegada.

En la puerta de la jefatura notó las caras arrobadas de los policías, escrutando el inclemente cielo y, tras presentarme, clavando fijamente sus ojos en mi demacrado estado. Lo reconozco, estoy hecho un jirón de agua.

Ya había telefoneado desde Buenos Aires informando mi próxima visita a San Javier por lo que - pienso - no debe causarles extrañeza mi súbita presencia allí.

Y mientras espero, me secó y reflexiono. Y la palabra Licantropía acude a mí. Luego, porfiria. Tras esto, razono, todo puede deberse a un estado enfermo de la persona; tal vez sugestivo. Cualquier cosa con tal de no caer en la tentación del folklore.
Por las ventanas empañadas veo el conato de pueblo. Vacío. Tétrico. Y pensar que aquí hubo, tan solo dos semanas atrás, una convulsión psicológica por lo imposible.

No dejo de pensar en el 7 (séptimo hijo varón) y en Heródoto, historiador que reconoció en sus crónicas la existencia de un valle con Hombres con la capacidad inaúdita de mudarse en lobo, cuando las frías y sorpresivas manos del oficial Olivera se posan en mis hombros.

A cargo del expediente de la fecha, me invita a pasar a su despacho atestado de fotografías, planos, y una antiquísima –diría prehistórica –maquina de escribir. Nos sentamos y me zambullo en los detalles.

Lanzo la grabadora como un paquete de cigarrillos sobre la mesa.


El oficial Olivera


- Leí en el periódico El Territorio que ustedes se habían visto requeridos por una extraña patología en el Barrio, ¿qué puede decirme al respecto?

- Que fue la cosa más extraña que me ha tocado vivir aquí. Yo fui el que recogió al muchacho luego, en un estado de incoherencia, abandonado, casi desnudo. Todo empieza con un llamado telefónico de un vecino que nos informa que una señora, la madre del joven, estaba teniendo graves problemas. Fuimos en el acto para allí. Cuando llegamos el joven ya no estaba. Pero nos relataron, tanto la señora como el vecino, que se había puesto en cuatro pies, alargándose las manos, gimiendo, y los ojos se había cambiado de color, rojizos estaban. Todo él parecía dispuesto a atacar a los integrantes de la familia, por eso nos llamaron.

- Y dígame, ¿qué ocurrió luego con el joven? ¿lo hallaron me decía?.

- Dimos una vuelta por la zona, recorriendo cada lugar. Pero no vimos nada. A la una de la madrugada, pido que se vuelva a relevar el terreno, metiéndonos con linternas en el monte, y allí al fin lo encontramos. Tenía el pelo un tanto largo, cubriéndole la cara. Y de inmediato le pregunté qué le había pasado. No lo recordaba. Sólo sabía que había aparecido aquí, en este yerbal del monte. Lo tomamos en brazos y lo trasladamos aquí para ser examinado por los médicos.

- ¿Y qué ocurrió aquí?.

- Hablamos con él, le invité un cigarrillo, nos hicimos amigos, le dijimos brevemente lo que había pasado. Y no lo podía creer. Tampoco pudo recordar nada. Luego, en su casa la madre volvió a relatarnos lo que había ocurrido, básicamente lo que ha salido en los diarios de la zona. Humildemente le dije que no sabíamos que podíamos hacer en un caso así. Le dije, antes de irme, que lo mejor sería consultar un sacerdote o algo semejante. Ese día, lo recuerdo al salir, era Luna Llena. Yo no creo en las brujas pero, como dice el refrán, que las hay las hay.

- ¿Qué dictaminó el profesional que lo revisó?.

- Nada. No encontró nada inusual. Solamente un shock nervioso. No había consumido fármacos, ni ningún tipo de droga casera. Estaba completamente limpio en este sentido.





ENTREVISTA CON LA MADRE DEL PROTAGONISTA: PACTO DE LOBOS


La madre del niño lobo


Pienso ahora en los estudios de Hipertricosis. El “mal lobuno” que cubre la piel con vellos excesivos. Y el caso de México acude a mi memoria. He ahí la explicación.

Pero, cómo saberlo, más tarde en Buenos Aires, la bibliografía que consultaría terminaría por mostrarme que estas historias son más comunes de lo que pensamos. Y me conduciría a otro caso. Aún más macabro y espeluznante.

Pero no nos detengamos.

Olivera se ofrece gentil a conducirme al domicilio del joven. La tarde –aunque con la lluvia y ese cielo todo el día es eterno – promueve algunos envalentonados que atraviesan al ras las calles enlodadas, cubriéndose precariamente. Ahora el viento es un desastre.

Ya a algunos metros de la propiedad, Olivera me aconseja prudencia con la familia. Están muy resentidos por lo ocurrido. Los medios de prensa habían corrido el rumor y ahora todos estaban pendientes de una nueva transformación del joven.

Esta última afirmación me choca. Transformación. No puede ser. Sencillamente es de locos. Prefiero llamarlo alucinación. Pero, me digo, y enfiló hacia la humilde propiedad, por algo estoy ahora aquí mojándome despiadadamente la cara y la ropa.


La casa de los hechos narrados.


Golpeo una desvencijada puerta de madera arañada y aguardo en el vano de la entrada. Un techo, remozado en algún periodo, me socorre del clima.

Y aparece un niño, sucio, maltrecho y con los ojos terriblemente maliciosos. Me pregunta qué quiero en el dialecto sesgado de la provincia y se introduce como una rata dentro de la casa. Al instante aparece la madre. Pequeña, rellena, y con el cabello y los ojos de un marcado azabache, me mira inquieta.

Me presento con la mejor cara de estúpido posible. Mirando ingenuamente mi derredor como si hubiera ingresado desde otra dimensión. Es crucial que lo haga. Ganarme la confianza de la mujer es tan elemental como que deseo conocer los detalles de la historia.

Y esta vez, mi mirada surte efecto. Doy la confianza requerida para que se explaye en una reservada y exclusiva entrevista.

Cuando apoyó el grabador lo mira como si jamás sus ojos hubieran visto algo así.
Niega con la cabeza. No me permite que la grabe, aunque dudo que sepa a qué se niega. Tras una charla informal, suelta sus reticencias.

Y mi memoria, registra, infaltable, estas afirmaciones.

Al parecer todo comenzó días atrás a la supuesta transformación. La casa se había alterado. Sus muchos hijos habían empezado a percibir extrañas manifestaciones en torno a las habitaciones. Oían ruidos. (¿Raps?). Notando claramente como en diversas oportunidades una “mano”, o lo que fuera, los tomaba en medio de la noche desprevenidos.

Su hijo, el protagonista de la Transformación, había visto en reiteradas oportunidades sombras erigiéndose en medio de la noche. Sombras que “se transportaban como el viento mueve las hojas”, recordaba la madre, Salomé Goméz.

Pregunto sobre el joven y duda un segundo. Me confiesa que está separada de
su marido hace nueve años. Y sin su marido, su hijo no quiere ser entrevistado. Ya suficiente hicieron los del Barrio para ganarse su enojo. Es más: ahora rondaban con perversa satisfacción, cámara de foto en mano, intentando capturar “in fraganti” aquel prodigio de transformación en tape.

No sólo eso.

Llegaron a encadenarlo reiteradas veces en plenulio para atraparlo en su ya aclamada metamorfosis.

Pero afino el olfato. Quiero detalles. Y se los hago confesar. Por ejemplo: me ratifica que , en efecto, se puso en cuatro pies “ gimiendo en una combinación de cerdo con serpiente”. También, los ojos se le enrojecieron. Y lo más llamativo: un pie y los colmillos se le alargaron desmesuradamente. Posteriormente, me dice, “le dolieron las encías”.

Finalizo la entrevista con más dudas que certezas. Y un hondo sentimiento de preocupación al ver como irrumpe aquella realidad en mi realidad cotidiana. Es la sensación, lo sé muy bien, de lo imposible convirtiendo –o pervirtiendo- mis pensamientos.

Fuera de la propiedad, la lluvia cesó. El cielo parece escampar. Y mi pronóstico, en todo sentido, es un fracaso.




MATERIAL INEDITO: EN EL ORBE ARGENTINO

Biblioteca Nacional. Buenos Aires. De noche. Salgo caminando presurosamente, atisbando a mi alrededor, y reconfortándome de estar en la ciudad. Sí, gustoso de estarlo. Pues uno se llega a sugestionar a tal grado que no puede evitar caer en el primitivismo.

Y es que lo que acabo de hallar habla muy mal de los bosques, descampados, parajes alejados de la urbanización. Son cientos de archivos que me señalan que años atrás, este país ha sido testigo de conturbadoras escenas de hombres convirtiéndose en Bestias horrendas.

¿Qué puedo decir?. Sería tedioso volcar ya mismo los túmulos de casos que apilan mis archivos. Pero me resisto a terminar este capitulo sin algunas referencias.

Y seré los más escueto posible.

Empezando por Cámara Cascudo, reputado folklorista, y terminado por los diarios de las provincias, todos nos hablan de un ser horroroso que deambula por las noches – sea plenulio o no – en busca de presas con las cuales satisfacer su voraz hambre.

Nada de suposiciones. Nada de leyendas. Estas historias frescas nos llegan desde los mismísimos periodistas que estudiaron detenidamente los casos. Incluso más: los propios policías, tal es el caso del Líbano en 1951, en las puertas de Buenos Aires, fueron testigos calificados. Sea una sugestión, engaño intencional, falsa percepción, el relato quedó en la historia de los recortes periodísticos.

Una singular jauría, precedida por un enorme can, parecía rondar las calles nocturnas, amedrentando a aquel infortunado que se cruzara con ellos. Los oficiales, tras intentar darles caza, se asombraban al ver que “se esfumaban en las sombras sin dejar rastros”.

Pero no quiero detenerme en los archivos.

Para aquel que tenga curiosidad le diré que el diario El Andino, de Mendoza, guarda en sus amarillentas páginas sucesos impresionantes, inverosímiles, sobre hombres que aparentemente podían convertirse en bestias horrendas. Y doy una fecha. 1973. Y otra: 1983. En ambos años hubo una suerte de epidemia referida a estos casos que se escapan del escalpelo analítico y razonable. Y entran dentro de aquel cofre que más tarde se convertirá en leyenda.

Y 1968. Los propios oficiales declaraban haberse enfrentado a lo que “no debería de existir, no pude existir”. Como se informó, al ser requerida la presencia policial en un apartamento donde había disturbios, los gendarmes se toparon atónitos con un hombre que, recostado en la cama, presentaba una desfiguración total de su persona.

Creer, o –como dicen por estas regiones- reventar. Yo prefiero Analizar. :)

Ahora pienso, ya llegando al final de este capitulo, si los griegos y sus fábulas no nos habrían estado desde siempre inyectando una “verdad” ilógica para el ser humano.

Una “realidad” conveniente y fácil de aceptar para la mente humana, cuyo cerebro primitivo aún está latente y le fascina todos estos tipos de sucesos de hombres lobos, vampiros, monstruos, etc.

Esta realidad, que moldea las leyendas y que, agazapada, tenebrosa, ha sido cubierta por el polvo de los años, para conducirnos hacia aquel miedo ancestral de saber que no estamos solos. Y menos en el campo, el bosque. Allí donde la luna imprime sus fauces sobre nosotros sin reparo de que, tal vez - y solo tal vez – “algo” nos aceche. Ese “algo” que no debería existir y que tanto temor ocasionaba a nuestros antepasados de las cavernas.

Y que no es justamente un hombre lobo. Es nuestra vívida imaginación que más tarde o más temprano siempre nos juega una mala pasada. No soy psicologo para afirmar que se trate de una deformación -o mezcla - de sueños lúcidos y folklore. No obstante, como investigador, si puedo afirmar que todo lo que he narrado ha sido cierto. Y que lo más probable es que alucinemos casi siempre con remanentes de nuestro pasado primitivo.


Esta historia conforma el primer capítulo de "Enigmas Extremos". Está extensamente ampliada en el libro "Entre Lobos y Vampiros".


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