EL HORROR DE LAS AGUJAS

Aquella aventura fue aleccionadora. Y complicada en extremo. Y ahora, reflexionando en el suceso, pienso: ¿cómo alguien, en su sano juicio, pudo llevarlo a cabo en una criatura de 3 años de edad?. Pero nada que hacerle. Es común que las victimas más trágicas de las pseudociencias y el pensamiento mágico sean inocentes criaturas como aquella niña, cuyo nombre se me ha prohibido divulgar por el secreto de sumario, quien cargará por el resto de sus días con el estigma de lo “extraño” en su cabeza: tres agujas de coser que, de manera “inexplicable”, (según los cultores del misterio) fueron introducidas en su anatomía cerebral.

Aquella tarde húmeda y oscura en que llegué a Osorno, X región de Chile, los acontecimientos se me antojaron familiares. La nota periodística que había trascendido no decía mucho. Hablaba de una niña de tres años y cinco meses a la que había sido detectada el pasado 14 de enero del 2005, en una radiografía de rutina, tres agujas de coser.

Los padres de la menor la habían llevado al Hospital Base Osorno con el propósito de controlar el crecimiento de la cabeza que, para ellos, era anormal. Se habló de una leve macrocefalia.Pero la sorpresa predispuso los ánimos de los facultativos, al corroborar, por medio de un Scaner que, en efecto, la pequeña tenía tres agujas de coser en su cabecita. Rápidamente el asunto trascendió al Departamento Jurídico de Osorno quienes comunicaron el hecho a la fiscalia del Ministerio Publico de dicha ciudad.

Pronto – demasiado para gusto mío – toda la documentación concerniente al caso iba a evaporarse en la hermética justicia antigua, a la cual, desde luego, nadie, ningún periodista, podría acceder.

Por tanto, era cuestión de tiempo para que el caso se cubriera del acostumbrado manto de silencio y todo quedara en el olvido para más tarde perpetuar la acostumbrada leyenda.

Y no lo pensé dos veces. Ante la inminencia de esta decisión burocrática, opté por recorrer varios miles de kilómetros, en una marcha que duró 30horas hasta llegar a Osorno. Y ahora revelaré cómo fueron aquellos acontecimientos, in sittu para esta revista, y adonde quedó relegado todo el caso, de por si, aberrante y difícil de olvidar.



EL ARTE DE CLAVAR


Y uno ante hechos semejantes tiene dos posibilidades. O atajarse por el lado sobrenatural (y me vienen a la memoria varias leyendas autóctonas que tiempo habrá para comentarlas que usan de excusa los amantes del misterio como “evidencias” de sus investigaciones).O confiarse por el frío razonamiento lógico. Lo primero que hice fue telefonear a la fiscal Maria Isabel Ruiz-Esquide (con la cual ya había hablado desde Buenos Aires) para concertar una entrevista y ver si podía enseñarme los documentos del caso, entre ellos, las radiografías de la niña. Pero no hubo suerte en ese primer día.

Y pese a reiterarle más de cinco llamados en diferentes horas del día no logré comunicarme.Decepcionado, intenté con el subdirector del Hospital Base Osorno, quien, en extremo gentil, se ofreció a ponerme sobre antecedentes. Al parecer estaba muy interesado en el caso que le había comentado por teléfono ocurrido en España.

Refrescaré un poco la memoria sobre aquel caso español. Ocurrió en 1971, en la región de La Seca, en Valladolid. Y en este caso la víctima fue un niño de sólo un año de edad. De alguna misteriosa manera alguien – todo indica que su madre, pero se prefiere siempre el término “misterioso” – le introdujo cerca de 27 agujas en diferentes partes de la anatomía, entre ellas, el cerebro, los pulmones y la espina dorsal.

Aquel estado, huelga decirlo, era totalmente incompatible con la vida. Y sin embargo, el pequeño sobrevivió, tras ser sometido a muchas cirugías para retirarle las ponzoñosas agujas.

Aquel suceso fue el primer proceso en pleno siglo XX de un caso de brujerías que fue llevado a los tribunales de justicia donde se encontró culpable a la madre del niño, la cual terminó recluida en alguna mohosa sala de algún psiquiátrico para luego salir y nunca más saberse nada. Otro episodio semejante había ocurrido supuestamente en Italia, en Otorna. Pero en este caso el desalmado infanticida le habría asestado más de cien agujas al cuerpo de un niño.Así y todo, había un nexo entre ambos casos: los padres y sus contactos con la brujería ritual.

Quedaba, por tanto, y ante esta marea de datos, corroborar en Osorno si los padres de la niña también eran “afectos” a los aquelarres y la brujería (aclaro: que hagan brujerías no implica que existan tales artes).Ya de por si, la región de Chile es famosa por la cantidad de curanderos y de brujos practicantes.

Una vieja leyenda afirma que los brujos de Chiloe acostumbran a robar los niños cuando son bebés para someterlos a unas agudísimas torturas – que incluye entre las aberrantes prácticas doblarles las piernas sobre la espalda y coserle los ojos y la boca – y convertirlos en Imbuches, una guisa de fetiche para los actos de brujería. Algo semejante a lo que ocurre con el Anchimalén, convertido por las brujas en una criatura horrenda que por las noches despide luz por los descampados.

En Chos Malal, Río Negro, existe difundida la creencia en la Calchona, una repugnante bruja que recorre la noche por lúgubres caminos con el propósito de lanzarse encima de los caballos y atrapar a algún incauto viajero. Otro testimonio que recogí en Chile me indica que en Chiloe existen grupos sectarios de brujos que en determinadas fechas del año acuden en procesión, ataviados de negro, por desolados parajes con la intención de practicar una ceremonia privada en algún sector insospechado.

Realmente no sé si secuestran niños para abusarlos de esa forma, convencidos en sus creencias extremas en lo sobrenatural, pero debo admitir que es muy plausible que se efectúen rituales con ese propósito.

Como sea, - y volviendo a lo nuestro - si había alguien capaz de ponerme sobre los “detalles” del episodio eran la fiscal que hasta el momento llevaba el caso y el subdirector del Hospital. También, la asistente social que se entrevistó con la familia del menor. Empecemos con el subdirector del Hospital, José Ochoa, quien dio la alarma a las autoridades regionales.



UNA ENTREVISTA INQUIETANTE
Dr. Ochoa
El subdirector Ochoa en su despacho. Foto: SJarre ©
En mis años en este Hospital jamás me topé con algo parecido, pero ahora usted me comenta que ya ha ocurrido en España ¿cómo puede ser?”, se ataja el subdirector Ochoa, de gafas marrones y mirada piadosa.

En mis manos estaba el expediente médico del suceso. Lo viera por donde lo viera era algo horroroso. Al parecer, las agujas – de no más de cuatro centímetros – habían sido introducidas por la zona de la fontanela, sector de la anatomía que es más delicado en los recién nacidos.

Esto indicaba dos cosas. Por un lado la fecha estimativa de dicha penetración: antes que se cerrara la fontanela y el cráneo endureciera, dado que no habían incisiones de cirugía y era la única opción plausible. Por otro, indicaba que quien fuera el autor de tremenda aberración sabía lo que hacía.Finalmente, por tanto, había una mano humana y bien humana detrás de todo.

Pero dejemos que el expediente médico sea más preclaro:

El 14 de enero del 2005 ( 3 años y cinco meses de edad) se tomó la radiografía de cráneo posterior y lateral que mostró tres finas agujas metálicas intercraneanas en la línea media, en la unión del tercio anterior con el tercio medio del cráneo, con alguna calcificación alrededor de una de ellas. Huesos de la calota intactos. Sin otras alteraciones. El radiólogo indicó su inmediata hospitalización. Ingresó en buenas condiciones, asintomatica, signos vitales normales, examen físico y neurológico normales, evolucionando toda su hospitalización sin síntomas ni signos de enfermedad, presión arterial 102/41, frecuencia cardiaca 108 por minuto, temperatura 36,5 C. Se revisó el caso con neurólogo, neurocirujano y radiólogos concordando que existen tres objetos metálicos rectos de aprox 4 cm de longitud, ubicados intercraneanos, en la línea media , perpendiculares y por debajo de la zona de la antigua ubicación de la fontanela anterior, con la punta hacia caudal y un ojetillo hacia cefálico, sin signos de lesión ósea, concluyendo que se trataría probablemente de 3 agujas de coser introducidas desde el exterior a través de la fontanela mientras esta estaba abierta, es decir, antes de los 14 meses de edad. La ecotomografia cerebral realizada antes de los 10 meses de edad no permite visualizar agujas corrientes , por lo que no descarta su presencia en esa fecha. Se realizó tomografía axial computada sin contraste de cerebro el día 19/1/05 para confirmar el diagnostico y la ubicación, la que concluyó cuerpos extraños de origen metálico intercraneanos de trayecto frontal bilateral, que se extienden en la profundidad hasta el sistema ventricular supratentorial. Dado que los cuerpos extraños no producen ningún daño orgánico ni síntomas , se decide no realizar más estudios y no requiere más tratamiento. La extracción está contraindicada en este momento, por el riesgo de producir lesiones cerebrales durante el procedimiento. Se solicita intervención de asistente social, quien sugiere dar de alta con los padres, pues no existen evidencias de violencia intradomiciliaria, pero sugiere realizar una denuncia ala Justicia por posible maltrato infantil, lo que se cursa siguiendo el conducto regular. Se da de alta el 21 de enero del 2005 en buenas condiciones de salud, con indicación de controles en el policlínico de neurología infantil del Hospital Base Osorno.”

Aquel parte médico lo resumía todo.

Hospital del suceso
El hospital en cuestión. Foto: SJarré ©
En otras palabras: la niña debería cargar toda su vida con las agujas, puesto que una operación era desaconsejable. Extrañado por esta decisión, le pregunté al subdirector. Sus ojos marrones me miraron un instante antes de zanjarse con una explicación. “Ocurre que como no hay signos de lesiones cerebrales. Y como aquellas agujas no afectan el funcionamiento normal de la paciente, una operación craneal puede resultarle perjudicial y compleja para extraerle las agujas. Debemos recordar que aunque aquella zona es indolora, se pueden producir daños cerebrales”.

“O sea, que vivirá por el resto de sus días con aquellas tres agujas?”.

“Si, así es.”

“Y si tuviera más?”

“¿Cómo dice?”

Y le expliqué sucintamente el caso español donde fueron halladas 27 agujas en un menor. Desde luego, estaba la terrible posibilidad de que la niña Osornina tuviera más agujas en su anatomía, puesto que no se le practicaron radiografías en su cuerpo, salvo en su cabeza. Y en cuestiones de creencias mágicas, todo era posible.José Ochoa quedó tremendamente sorprendido con la noticia. Y, de inmediato, me solicitó lo pusiera en antecedentes del caso español, repasando cada detalle.

“Y dígame, ¿ qué hizo usted cuando descubrió esta irregularidad en la niña?.”

“ Desde luego que al constatar este hecho de las agujas tuve la obligación de dar parte a las autoridades competentes para que investiguen. Pero le aclaro, ahora le será muy complejo ir más lejos, dado que la investigación oficial no se cierra y todo penderá de un momento a otro de la justicia antigua, cuyo régimen estrictamente hermético prohíbe ventilar información a nadie. Tendrá mucha suerte si consigue ver aunque sea las radiografías, hasta hace unos días estaban en manos de la fiscal”.

Aquel lapidario comentario me desilusionó. Y más aun: desde mi llegada a Osorno, por alguna razón, no podía comunicarme con la fiscal. Tras repetidas llamadas y mensajes a su secretario no había tenido noticias suyas. Y eso -más allá de alarmarme - me molestaba.

Pero aun tenía algunas cartas por jugar. Y la idea de contactar al periódico local podría ayudarme en mis pesquisas.Así, bajo la mansa llovizna que cubría la región osornina, me deslicé hasta un coche y me dirigí de prisa a las oficinas de El Diario Austral. Tenia la esperanza de que podrían arrojar un poco de luz al caso y, cuando menos, tener una copia de las radiografías.



SORPRENDENTE CASO MEDICO


David Muñoz en su despacho. Foto: S.Jarré ©
Así rezaba el titulo con que el diario osornino avivaba la noticia de la “niña de las agujas”. Tras una escueta presentación de mi persona y objetivos en la ciudad, entablé una amistosa conversación con el periodista osornino David Muñoz, encargado en la fecha de la investigación del caso. Pero la desgracia parecía importunarme.

No sólo no sabía como se llamaba la niña, ni tenia conocimiento de las radiografías, sino que – me lo aclaró muy explicito – quien se ocupó en primer instancia del caso era un colega suyo, Pablo Obreque , el cual se hallaba de vacaciones en la fecha. Pero a aquel periodista no le costó mucho activarse su instinto reporteril. Y de inmediato se puso a maquinar la forma de conseguir una audiencia con la fiscal, única depositaria de toda la documentación. Nos estrechamos las manos y prometimos comunicarnos si alguno tenía una novedad.Salí del periódico decepcionado, lo reconozco.

La investigación estaba tomando derroteros sinuosos y que parecían conducirme a un grueso y oscuro muro impenetrable. Por momentos dudé de mi papel allí y maldije mi mala estrella de caer justo en un momento tan delicado. Y sin embargo, otra opción no tenía. Los archivos, toda aquella documentación preciada estaba por pasar a manos de la justicia antigua. Y en un abrir y cerrar de ojos todo, absolutamente todo podía evaporarse en la nada.

Pero no estaba dispuesto a dejarme vencer. Y por enésima vez intenté comunicarme con la fiscal. Su secretario – que confío me perdone las infinidades de llamadas que realicé – me informó que estaba en una audiencia en la localidad de Río Negro, lejos de la ciudad.

Regresé al Hotel abatido y con el espectáculo del atardecer en la región. La noche se aproximaba y con ella lo poco de bello que tenía la ciudad se difuminaba. Los negocios cerraban temprano. Y la actividad humana parecía desintegrarse. Una imagen de abandono, tétrica y deprimente me invadió de golpe.Ya con las primeras sombras aquella ciudad con alrededor 150.000 habitantes – a no más de 940 km de la capital de Santiago de Chile – se transformó en un desolado paraje. Y casi como si caminara en un pueblo fantasma, fui avanzando hacia mi hotel, con un pensamiento tan corrosivo como inquietante: ¿Tendría la niña más agujas en su cuerpo?.



Crónica del suceso. Un servidor  en el margen derecho mencionado.
FALTA DE SINCRONICIDAD

Desperté temprano y reiteré unas llamadas para averiguar el paradero de la fiscal. Nada. No estaba, seguía en Río Negro y probablemente por la tarde me respondería el llamado. Por otro lado, David Muñoz no tuvo mucho éxito. No la había podido localizar. Y mucho menos dar con el domicilio de la pequeña. Pero eso sí que iba a complicarse. Además, después de todo, no se nos permitiría fotografiarla porque violaría un importante estatuto que impide la reproducción de fotos de menores en un caso en manos de la justicia.Resignado a las pocas alternativas que me quedaba, decidí tomarme la mañana rastreando a la asistente social. Tal vez – imaginé esperanzado - podría indicarme sutilmente donde vivía la familia, o, cuando menos, referirme si se trataba de una familia normal o tenían tendencias a prácticas brujeriles.

Luego de una laboriosa búsqueda en Internet, y tras un par de llamados aquí y allá, logré dar con la asistente social que, en primicia, declaro su nombre: Gloria Díaz.Pero Murphy a que las cosas resultaran sencillas. Y enseguida lo corroboré cuando me atendió aquella dulce voz con acento chileno: “¿ Quien es usted?”, lanzó la asistente social sorpresivamente.

Una vez más – y como comprobé que era efectivo decirlo - le expliqué mis motivos en aquella zona y le especifiqué que mi intención era aunar los casos por mi investigados. Le recalqué el caso de España como probable antecedente pero no pareció muy interesada.Y cuando le pregunté, como si tal cosa, qué opinaba de la familia del menor y si descubrió algún indicio de que fueran los responsables me topé con aquel duro y rígido muro al que tan bien me estaba acostumbrando a tropezar: ‘No tengo permitido hablar de este asunto sin consentimiento de la justicia legal de Osorno”.

Al oír aquello corté la comunicación y me debatí en una sola opción: hablar con la fiscal como fuera.Otra vez reiteré mi llamado al Ministerio Publico. Y otra vez me zanjaron con que no estaba.

Llegué a mi hotel antes de caer el tétrico crepúsculo. En verdad me deprimía ver la ciudad muerta en la noche. Pero no todo era malo. Y ni bien ingresé al hotel, la conserje me comunicó que una señorita, llamada Maria Isabel Ruiz-Esquide se había comunicado. ¿Qué dejó dicho? Pues nada. Sólo me devolvía el llamado.

Maquinalmente me dirigí a Internet y comprobé que tenía un mensaje de ella. Un mensaje demoledor: toda la investigación había pasado a manos de la justicia antigua, por lo que ella ya no podía ayudarme en nada.Era suficiente. Y aquella noche busqué estérilmente un bar lleno de personas donde ahogar mis lamentaciones. Pero sólo hallé un silencio y una depresión incomoda escoltándome de calle en calle.



TOMADA POR SORPRESA

La Fiscal. Foto: gentileza Muñoz.
No había duda. Si quería avanzar en mis investigaciones debía contactarme con la fiscal e informarme de sus investigaciones al respecto. Pero todo parecía indicarme que dicha oportunidad difícilmente vendría a mi. Así que decidí ir a por ella.Tracé un plan simple: seguir a la fiscal.

El problema era saber cómo era y donde la podría ubicar fuera del Ministerio Publico.

Aquí es cuando – es justo reconocerlo – mi buen amigo David Muñoz me enseñó las fotos que le había tomado a la fiscal. Y por primera vez vi su rostro. Un rostro en verdad bello de inolvidables ojos azules. Tras esto, me dirigí presuroso al Ministerio y entablé una conversación con su secretario quien no tuvo reparos en decirme donde la podría localizar a la fiscal.

Estaba en ese momento en los tribunales de garantía, en una audiencia. Si tenia suerte podría encontrarla y entrevistarla al salir. Pero sólo tenia 10 minutos antes que todo finalizara.Corrí de prisa hasta los tribunales, pero una vez allí me topé con otro lastre: no sabían decirme si aun estaba en audiencia. Finalmente no tuve más remedio que infiltrarme en los tribunales de garantía con mi mejor cara de inocente.

Una mujer, de pechos rebosantes y gran simpatía, al verme merodeando me ayudó a inmiscuirme en la audiencia, a sólo dos bancos de la nuca castaña de la fiscal.Cuando se puso de pie la reconocí. Y, saliendo fuera del tribunal, empezamos una sucinta pero fructífera conversación, de pie al lado de su coche colorado. Según sus investigaciones –al menos hasta el momento en que el caso estuvo en sus manos – a la niña le colocaron las agujas por la región de la fontanela antes de los 14 meses de edad.

Por esa razón, como el delito habría ocurrido años atrás, le pertenecía la investigación a la justicia antigua.Pero sus pesquisas no arrojaron luz al caso. Los padres de la niña estaban tan sorprendidos como los facultativos y no se explicaban qué ocurría.

Los propios investigadores criminalistas no detectaron nada anormal en la familia – pese a su aguzado olfato en estos menesteres. Y aunque cabía la posibilidad de que hubiera sido accidental la introducción de una aguja, ya no lo era con tres. Y menos aún porque, como digo, fueron puestas en una región especifica que sólo quien sabe un poco de anatomía puede lograr.

Y sí. En efecto, eran simples agujas de coser. En las radiografías, cuando estaban en su poder, podían apreciarse las cabezas con oquedades de las agujas.

“Más no puedo decirte, lo siento. Porque si el juez se entera que ando ventilando su caso no le gustara nada. Discúlpame de veras por no poder comunicarme contigo antes, pero me fue imposible. Es bueno que hayas venido hasta aquí, porque así es más efectivo y directo. A veces es la única forma de dar conmigo. Espero ahora que puedas seguir con tu investigación, pero es todo lo que sé.”

Y las radiografías ¿cómo podría hacer para verlas? Ya me han hecho un dibujo, pero nada reemplaza el poder verlas.”

“Lamento decirte que este lunes pasó toda la documentación a manos de la fiscalia antigua. Por lo que ya no tengo nada en mi poder’.

Le agradecí, igualmente, su cortesía y delicadeza en confesarme estos asuntos. Y quedamos para una cita a las 19 hs. Y aunque luego de la cita podría llegar al corazón de este caso, debo destacar que en todo momento la fiscal fue un ángel para mi. Y ella sabrá porque lo digo. Pero vayamos al final de esta investigación.



CALLATE O MIRALO

Radiografias, montaje. Imagen:  SJarré
La tarde se desmoronó sobre mi apenada persona. Había logrado reunir una copiosa documentación sobre el caso de las agujas, pero aún no lograba penetrar hasta el fondo del caso.

En efecto, adolecía de un dato que, de poder verlo tan solo, sería inestimable para cerrar esta investigación.

Y creo que mis continuas llamadas y pesquisas por la ciudad rindieron sus frutos. Y ante el final execrable de mi último día en Osorno tuve una revelación.

Lamento decir ahora que he prometido no divulgar la fuente que me facilitó unas copias de las radiografias. No sólo sería puesta en falta aquella persona, sino que también rompería mi palabra de no dar a conocer su nombre. Por tanto, estas reproducciones de las radiografias son inéditas y ni siquiera las posee El Diario Austral de Osorno. Espero el lector aprecie este trabajo que me ha costado muchas de mis horas y energías.

Radiografía basada en mi visión de las mismas.
Y todo ocurrió tan de prisa que no tuve tiempo de reaccionar. Ante mi, tenía las insólitas radiografías, donde se apreciaba claramente las agujas e incluso sus oquedades. Una costra recubría una de ellas, consecuencia, según mi informante, de la calcificación. Parecían dispuestas como una flecha.

Pero mejor será que ceda todo comentario a la copia ilustrada que hice (advierto: son copias de las originales, copias ilustradas, siquiera llega a ser una fotocopia).


Para finalizar debo reconocer que no sólo la idiosincrasía de la ciudad es aliciente para promover actos rituales o llevar la excentricidad de las creencias hasta el límite de clavarle a una menor agujas en la cabeza (en Italia se pensaba que esto produciría longevidad) sino que muchos promueven estos episodios como mágicos o con algún viso de realidad paranormal, de modo de disipar el delito implícito cometido en los menores. Siempre el pensamiento mágico, amen de ser un refugio para los crédulos, es un antro que puede y sirve a los criminales.

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