ENTREVISTA CON FARUK

Hay periodistas que hacen reportajes a políticos, mafiosos, sicarios, o lo que tercie. Yo no soy de esos periodistas. Ni siquiera soy periodista. Me atrevo a llamarme investigador porque es una pasión que llevo en mi sangre desde pequeño.

Por eso, está historia, que les resultará increible, aconteció hace muchos años atrás y, por lo que respecta a la misma, fue cierta y textual como la escribo en sentido novelado.

No hago juicio sobre la misma, no me interesa saber si me miente o no la persona. Obviamente tengo mis generosas dudas, como siempre, en cuanto a lo que me narró.

Pero aqui está:










Cuando cae el sol en el centro de Buenos Aires, capital del Tango y otras tantas cosas, las calles adquieren la insustancial coherencia de lo tenebroso. Los negocios cierran sus puertas hasta nuevo día, y entonces el trajín monótono de la jornada va apagándose. Autobuses y metros son abordados por desesperados pasajeros, deseosos de llegar a sus casas lo antes posible; en tanto, por Palermo y sus bosques, descienden las "mujeres" de la noche, luciendo la cadencia propia de muslos cultivados en promiscuidad.

A veces, digo yo, caminar a altas horas por el centro, me azora. Y no se debe a que alguien una vez me dijo que “gente pálida” circula subrepticiamente en las lúgubres callejas del Bajo . Tampoco la visión espantosa de vagabundos degenerándose en las Plazas. ¿A qué entonces?, dirán. Quizá nunca lo sepa. E invisible a mis ojos permanecerá nítido, sin embargo, en mi piel.

Allí mismo me entrevisté con el siguiente testigo. Y, para más Inri, de noche. Y la oscuridad que me rodeaba era sólo un adelanto de lo que sus palabras me producirían.

Un café de la Av. Corrientes nos sirvió de excelente refugio a Fabio Picasso, Faruk y quien relata esto. Y aunque lleva más de medio siglo viviendo en este planeta, Faruk (el entrevistado) conserva una espléndida apariencia juvenil. Pero sólo una apariencia. Me explico. Hacía solamente una semana que se había librado de las garras de la muerte. Estuvo internando en terapia intensiva con un complicadísimo cuadro de cangrena. Y lo sé: tenerlo delante mío, contándome su impresionante vivencia, era un inesperado milagro.

Y de sus muchos encuentros con lo sobrenatural, en su agitada vida, hubo dos acontecimientos que , francamente, lo dejaron marcado.

Mencionaré – por prudencia, porque di mi palabra de no divulgarlo – sólo aquel suceso directamente implicado en esta obra( La Matriz de lo Desconocido).

Y dada la magnitud de la inminente entrevista, me vi en la obligación de emplear ciertas técnicas que suelo usar en casos que realmente me inquietan. Aquellas en donde predominan el lenguaje corporal más que el de las palabras.

Té y café y un vaso con agua con gas.

Así empezó todo:

- Manejo muy bien la electrónica. Desde hacia meses había estado trabajando en la fabricación de un lente o cámara para filmar. En esos días, más de treinta atrás, la tecnología no era como ahora. Todo costaba conseguirlo muchísimo más. Pero bueno, decidí armar un equipo con piezas que recolectaba aquí y allá. Y entonces se produjo algo que, si lo cuentan, o bien se llenan de dinero o bien los toman por chiflados –hace un prolongado silencio, midiendo el efecto de sus palabras. Su frente es un intrincado laberinto de arrugas: reflexiona – Digámoslo así: pude registrar con mi precaria cámara ciertas cosas que el ojo común es incapaz de percibir.

La confesión me pone en guardia. Y, alertado, me zambullo.

- ¿A qué se refiere exactamente?.

Silencio. Miradas cómplices. Más silencio. Cambio de dirección.

- Aquello era increíble, y sabía que podía llegar a profundizarse. Por esos días andaba escaso de trabajo y regresaba a altas horas a mi casa , donde mi mujer me esperaba con la cena. Porque al menos teníamos para el alimento. Yo seguía enfrascado en mis estudios electrónicos, y la verdad, poco le prestaba atención a las necesidades del hogar. La mascota que tenía murió de una manera muy extraña, y mi esposa cayó en cama con una atípica enfermedad. Pero no relacioné ni por asomo nada de esto con mi hallazgo. Hasta que una noche regresaba de ver un trabajo en autobús y pasó algo. El transporte estaba vacío, por lo que podía ver quien viajaba conmigo, salvo un hombre sentado dos asientos delante mío no había nadie. Las calles estaban vacías como siempre en invierno. Entonces oí algo en mi oído, una voz que me hablaba. Al principio, con lo desconfiado que soy, le resté importancia. Pensé que eran sonidos de algún aparato electrónico o una radio haciendo interferencia. Pero no era nada de eso. Y me decía muy claramente que bajase en la próxima parada. Aunque me faltaba un tramo largo para llegar a casa le hice caso porque quería comprobar si quizá habia algo dentro del transporte que me hacía oír eso. Pero ya en la calle me di cuenta que no había truco, o si lo había no tenia idea cual era. Volví a oír esa voz, que en realidad no era una voz normal, como una interferencia, no sé.

Toma el vaso con agua y bebe pausadamente. Retoma el hilo de la conversación.

- Me decía que fuera a un bar de la vuelta que allí me estaría esperando. Podrán imaginarse cómo me sentía cumpliendo estas estupideces, porque en todo momento yo dudaba. Pero entonces al verlo en la esquina todo se me aclaró. Había un hombre de impermeable gris, con el pelo negro engominado hacía atrás. Los rasgos eran muy bien definidos, similares a los hombres orientales de la India. Entramos al bar y empezamos una charla bastante larga.

Silencio. Bebe la soda. Me mira y sonríe maliciosamente.

- ¿Qué le dijo?.

- Me dijo que debía detener mis investigaciones con la electrónica. Que formaba parte de una comunidad que vigilaba a las personas desde remotos tiempos, que lo que había hecho estaba infringiendo con un plan general que llamó EL GRAN PROGRAMA, donde , me decía, habían integrantes de todas las partes del mundo manteniendo lazos invisibles con otras personas, para guardar un estricto control. Me habló de que la sociedad se rige y progresa conforme a este PLAN. Por eso están y siempre estuvieron establecidas las jerarquías sociales, la religión y los distintos cultos. Además, me explicó que muchos líderes del mundo estaban sometidos bajo las órdenes de este grupo o comunidad. Después empezó a hablar de mí como si me conociera desde siempre. Mencionó lo de mi mascota muerta y a mi mujer enferma y me advirtió que eso había pasado por mi insistencia con el proyecto electrónico. “La humanidad, me decía, no esta preparada para recibir tal revelación, dentro de veinte años sí lo estará, pero no en este preciso momento”.

- ¿Este hombre tenía algún tipo de rasgo especial?.

- Su mirada era brillante, y su dentadura perfecta y blanca.

- ¿Pero qué era lo que usted había observado con su equipo electrónico?.

Silencio. Bebe la soda. Mira pensativamente a nuestras espaldas.

- Muertos.

- ¿Perdón?.

- Personas fallecidas.

- ¿Las veía?.

- Sí.

- ¿Por eso los veinte años? Según la fecha en que transcurrió aquello, luego aparecerían las Psicoimagenes., supuestas formas de ver muertos a través de la televisión.

- Exactamente.

Bebe nuevamente. Me observa subrepticiamente. Le clavo la mirada.

- Pero pongamos en claro que las Psicoimagenes, por muy definidas y nítidas que sean, demandan notables esfuerzos conseguirlas. Hay que filmar, luego procesar cuadro por cuadro, depurar, etc. Convengamos que después de todo son imágenes que para algunos prueban algo, para otros no. No son contundentes como evidencia, ¿tanta importancia tenían?

- Amigo, yo podía comunicarme con ellos. Podía mantener una conversación así como con usted ahora.

- ¿Cómo?.

Silencio. Ingresa un cliente al Café y lo escruta de hito en hito. Cambio la pregunta.

- ¿O sea que usted sabe a ciencia cierta que existe la vida después de esta?. Eso es bueno ¿no?.

- Depende de en qué lugar nos encontremos.

Su respuesta, ambigua, me deja meditabundo. Cambio de dirección.

- ¿Qué ocurrió después con aquel hombre?

- Me contó muchas cosas que luego se fueron cumpliendo. Salvo lo que me prometió de volver a encontrarnos. Al salir del bar me dijo que nadie me creería todo esto, y que tampoco me convenía que lo hicieran. Tenía como un aire magnético, no sé, sus palabras no me hacían enojar como debería haberlo hecho. Se despidió y lo vi perderse en las calles hasta desaparecer como si fuera una niebla. Entonces me pregunté seriamente si no habría alucinado todo. Mire dentro del bar y había dos vasos.

Los mismos vasos que tal vez ahora estaban sobre esta mesa y que, junto con mi ex compañero de aventuras Fabio Picasso, serían mudos testigos de aquella historia.

Es el día de hoy que todavía recuerdo sus palabras, y la frase sobre el Más Allá "Depende de en qué lugar nos encontremos". Espero más adelante volver a verlo y mantener otra nueva entrevista. Y si puedo, filmarlo.


Capítulo extraído de La Matriz de lo Desconocido.





Nota: es evidente que testimonios semejantes encontraremos en todas partes. La cuestión que lo haría interesante e importante es si hubiera una evidencia de lo relatado. No lo hubo en este caso y, como veo venir las cosas, no creo que lo haya nunca. Quedarán relegadas estas historias al terreno de la ficción.