SANGRE DEL CIELO: CRIATURAS ALADAS

Y sí. No hay mayor seductor con nosotros que nuestra propia sangre. Recuerdo cuando por primera vez incursioné en estos terrenos del misterio, hace ya mucho tiempo. Había sentido sana curiosidad por unas luces que, caprichosamente, se mostraban incólumes en el cielo de la provincia de Santiago del Estero, Argentina. Y luego, aquello que me topaba: media docena de cabras muertas misteriosamente.

Y los pobladores y sus mitos intocables, insustituibles a la hora de ir a por el cuchillo, la escopeta, el rifle de cacería. Me viene a la memoria el trato parco al principio con los lugareños. Esa actitud distante, casi fría. Y aquella insistencia de no hacer atender a la razón y dar rienda suelta a las elucubraciones más intensas.

Lo mismo en Puerto Rico. Y su famosísimo oriundo nocturno: el vil “Chupacabras” (nombre tan tonto como sus supuestas acciones). Pero fue en Argentina donde rastree el “ancestro” de todos estos bebedores de sangre nocturnos. El suceso fue relatado ampliamente por servidor en un libro (Entre Lobos y Vampiros) . Básicamente – diré para poner en antecedentes al lector - resucité del polvo de los tiempos un caso acaecido en 1972, en Los Barriales, provincia de Mendoza.

En ese tiempo –y por más de dos años – las comarcas y poblados mendocinos se vieron desbordados por acontecimientos inexplicables. Así es. Muertes de animales, sin una gota de sangre, como una piel de chivo, todos con una incisión precisa – y recalco lo de la “incisión” - en el cuello. Es más: se llegó a descubrir, años después, una criatura emparedada a una vivienda. ¿Realidad o fantasía? Allí están las fotos, - y la investigación - cada cual podrá evaluarlo.

Y siempre lo hago. Recopilo material. Archivo. Y luego saco conclusiones críticas. Porque, aunada a una buena base de datos bibliográficos, los recortes de prensa, al modo de Charles Fort son, como las leyendas, casi insustituibles.

Sino veamos a donde me condujeron esta vez, previa a una rigurosa investigación de Biblioteca.

Es de reconocer que desde el primer instante esta historia me cautivó. No era por la sangre involucrada, si se me permite la desviación acaso necrológica. Nada de eso. Lo hizo porque, amen de lo misteriosa que me resulta la provincia de Mendoza, se le sumaban las singularidades que venía siguiéndole la pista. Hablo, - que no haya duda – de los testimonios que mencionaban a cierta criatura alada, merodeando por los tranquilos poblados de Mendoza – límite con Chile - en la década del 90.

¿Alucinación? ¿Cuentos?¿Sueños vívidos?.¿Malas interpretaciones?

Otra vez, lo mismo pensé. Sin embargo, los datos y testimonios, incluyendo informes policiales, eran más que rotundos.

En efecto, no solamente tras las masacres de animales había un halo de misterio, sino algo más concreto. Un extraño ser alado. Los testimonios ya me lo habían señalado la primera vez que visité la provincia de Mendoza en compañía de mi viejo amigo de aventuras Fabio Picasso.




LA NOCHE DE ALIADA

¿A qué cosa nos enfrentábamos? Era la pregunta que me hice apenas ingresé en mi Hotel, base de operaciones y cuartel de logística, en Mendoza.

Fuese lo que fuese, lo sabía, era bastante escurridizo. Y minucioso. No había pistas. Ni regueros de sangre desde las infortunadas víctimas. Ni orines, restos fecales. Nada. Y, naturalmente, sospeché. Porque, lo que sí había, para oprobio de los investigadores, eran unas escasas huellas anormales. Con Talón. Tres dedos. Garras. Etc.

Y pensé. ¿ Justamente no habrán sido dejadas adrede?.

¿Qué cosa deja tan escasas evidencias?

Y me dije – pensando en los testigos -: sólo algo que venga del cielo, que no precise dejar huellas de su paso por las víctimas podría obrar de manera semejante. O por el contrario: sólo algo que sea bien humano sabría borrar sus huellas criminales.

Fue inevitable. Mientras desayunaba frugalmente en el Hotel y me mentalizaba para entrevistarme con Marcelo Palmili en la comisaria de Las Heras –quien, a propósito, me puso sobre la pista del caso que ya me dispongo a relatar - , me sorprendí a mi mismo recordando los casos X de Buenos Aires, referidos a masacres de animales a manos de un desquiciado entrenador de canes.

Ocurrió donde una amiga, Milena, estudia veterinaria. Eso me permitió acceder a los detalles que siempre requiero. El año era 1997. Y según pude averiguar, las noches tormentosas sentenciaban asesinatos impunes en los descampados de la Agronomía, plena ciudad.

Alguien, muy licenciosamente, se había tomado la molestia de ir exterminando una a una las ovejas de experimento. Destrozadas a dentelladas, con espantosas mutilaciones, los animales eran atacados por una jauría de perros, comandados por un oscuro hombre que tenía por costumbre dirigirlos con un silbato.

Aquellos episodios mantuvieron en vilo a todo el país. Y nadie pudo atrapar al criminal. Aunque hubo testigos, estaban tan despavoridos que salvo algunas señas del individuo, poco arrojaron de luz al caso. Pero, según pude averiguar, aquellas ovejas eran empleadas para pruebas de fertilización “in vitro”, con el propósito de lograr animales transgénicos.

¿Los responsables podrían ser fanáticos de la clonación?

Jamás, como digo, se aclaró. Pero es interesante destacar que esta persona - humana y bien humana - actuaba en noches de tormenta.

Apenas hube desayunado me subí a un autobús que me conduciría en media hora aproximadamente a la jefatura de Las Heras.

Y no pude dejar de hacerlo. Me vi catapultado hacia aquellos días en que había pisado por primera vez Los Barriales. Sin proponérmelo, había recopilado más de cuatro testimonios que mencionaban a una criatura alada merodeando las zonas de muerte. Pero tiempo habrá para refrescarme la memoria.

Y marché. No sin muchisimas dudas encima mio.




UN REGRESO EMPAPADO DE ROJO

Así es. Ingreso a la comisaría y el estómago me juega una mala pasada. Parece crujir con cada paso, cada pregunta que hago. Y no se debe a que estoy detenido. Sino a la elocuencia de la declaración de Palmili.

Y durante más de una hora me entrego a la lenta pero estimulante averiguación de algunos datos o señas de los casos que me relataba. No obstante, fue por Email que Palmili me puso en la pista de un caso realmente inquietante.

Pero mejor será que me explique.

Ocurre en 1990. Todavía no se ha ocultado por completo el Sol. Se delata a la distancia, sobre la cordillera de los Andes, ese bello resplandor del ocaso.

El timbre de una casa ubicada en pleno centro de Mendoza repica insistentemente. Y al abrir la puerta, descubren una mujer chorreada de sangre de cabeza a pies – al mejor estilo “Carrie” - observando con miedo a quien le abre.

Los inquilinos dan un respingo. ¿Qué había pasado? Y piensan, naturalmente, en un accidente. Cual es su sorpresa, sin embargo, cuando la joven les relata que mientras iba caminando con una compañera, de pronto, sintió que era rociada por algo desde el cielo.

Al ver sus manos comprobó que era sangre.

Y maquinalmente clavó su mirada en el firmamento. Y allí lo vio. Había un pajarraco de bestiales dimensiones, de color negro volando sobre ellas.

Sencillamente de no creer.

Y, pienso y vuelvo a pensar, de no ser por el bueno de Palmili, aquello hubiera quedado relegado a una anécdota más. Pero aconteció. Y me dirigió a algo mucho más interesante que la investigación de muertes de animales.


- ¿Ocurrió en plena luz del día? –pregunté al oficial Marcelo Palmili.

- Este hecho sucedió en horas de la tarde, con luz solar todavía, y ambas mujeres contaban en ese momento con edades de entre 16 a 18 años. Actualmente una de ellas es psicóloga y se llama Mariela Quinteros y la otra se llama Leticia Marin. Aún estoy tratando de localizarlas por algún teléfono o domicilio pero ya pasó mucho tiempo y tal vez se hayan mudado.

- ¿Y qué opinas al respecto del caso?.

- Por el momento no te voy a dar una opinión porque no tengo elementos para formarme una. Pero es inquietante.

Pero este no era el único testimonio de alguien que en plena ciudad de Mendoza se había topado con aquella bestia alada.

En una vieja abadía, el cuidador de la misma, José, me relató su experiencia mientras hacía el servicio militar. Al parecer, cercano a la precordillera había sido observado un extraño animal gigantesco volando.

Y el coronel me pidió que lo viéramos atentamente mientras se posaba en unas rocas a lo alto. Aquello era descomunal, sus alas eran negras como la noche y me hizo acordar a los pájaros prehistóricos de las películas. Te digo que me hice encima, y eso que yo no le tengo miedo a nada. Estaba paralizado. Aterrado.”

Algo semejante a lo que, seguramente, le ocurrió a aquella joven que fue visitada durante más de dos noches seguidas por “algo” –pésimo término para definirlo – que se posaba en el árbol lindante a su casa perdida en el campo. Y la observaba, vivamente inquieto, con sus ojos de un rojo llameante.

Fernando, quien me facilitó esta historia, fue amigo íntimo de aquella mujer, hasta que se mudó a otra patria. Jamás, me confiesa, habrá de olvidar el miedo que tenía su amiga, las manos y los dedos como le temblaban al relatar aquello. Y es que, poca cosa, tuvo que tapiar la ventana para arremeter de alguna manera contra esa sobrenatural visión.

La historia, espeluznante, me recordó a Grace y su encuentro con otro ser alado aún más diabólico. Pero tiempo habrá para que lo cuente en IdentidadX.


NI OVNIS, NI NAVES, NI AVIONES: BESTIAS ALADAS.

Cuando viajo, odio entrar a las Bibliotecas. Pero este caso lo ameritaba. No tuve más remedio que ingresar para corroborar un dato. Un insistente detalle que parecía ser el nexo macabro en esta historia.

Dos. Tres minutos bastaron. Allí había algo que no cerraba.
Debí haber puesto cara alelada, porque desde el “descubrimiento” no pude dejar de quitarme la mirada de encima de la Bibliotecaria. A tal punto que, cuando acopié el material en mi agenda, se animó a preguntar sobre mi oficio.

Bardín, uno de los testigos de aquellas matanzas del 72, aún con la lúcida memoria de lo acaecido hace tantos años, fue uno de los principales testimonios. Nos dijo - a Fabio Picasso y quien escribe - que lo que sea que mató sus animales no era otro animal en estado salvaje.

Pero no había tiempo para otra cosa que no fuera ir al hotel e intentar armar este siniestro rompecabezas de seres alados.

No sólo el año 1972 cundió la noticia del Vampiro. Y hubo avistajes de policías que vieron atónitos algo extraño “sobrevolando” la escena del crimen. También se observaron, tal como lo reseña el diario Mendoza en su edición de 1972, criaturas aladas volando sobre la precordillera.

Pero en 1963 el escenario era otro. San Salvador de Jujuy. Y un ave descomunal, acusada de vampiro humano, abrasaba los periódicos matutinos generando “escalofriantes rumores”.

Un año después, en 1964, la Quebrada de Humahuaca. Y el mismo protagonista, una gigantesca criatura alada: “Se abalanzaba desde el aire sobre mí, batiendo sus grandes alas negras.”, expresaba la crónica.

Estas historias no son nuevas. Ya las encontrábamos trazadas en los estudios folklóricos de los Mapuches. Y allí está el Caburé, con rasgos muy semejantes a lo visto por numerosos testigos. Hasta hay leyendas de criaturas aladas que devoraban a los indígenas antes de la conquista.

Pero ¿qué es aquello?

¿Se trata del responsable de las muertes por desangramiento –y fíjese que digo desangramiento y no mutilación - en América y el resto del globo?

Observen la foto al lado ¿una bestia alada es capaz de abrir un alambrado así? ¿o más bien una bestia humana y bien humana?

Sea como haya sido, si esos fabulosos y misteriosos “pájaros” voladores existen – que lo dudo - y tienen implicancia en el asunto de las muertes de animales desagrados, pues me he propuesto como meta capturarlos. Cuando menos – pienso ruborizado – en el lente de mi cámara.

Aunque sé que esto será imposible. Porque ese “algo” caprichoso que siempre genera misterio es inasible como un rayo de sol. Y sin embargo, como un rayo de sol, se siente en el cuerpo.

Sin embargo, todo lo investigado me lleva a suponer la existencia de dos factores implicados en las muertes: un factor humano y un factor animal. Es posible que algún tipo de murciélago o vampiro rabioso estuviera haciendo de las suyas con los animales. También, que haya personas implicadas en las muertes para utilizar la sangre en rituales o aquelarres. Es la mezcla de ambos factores, sumado el vivo folclore, lo que nos despista.

Lo cierto es que no es casualidad que las extracciones de sangre de los animales sean en zonas especificas donde hay arterias o venas importantes. Las incisiones son caprichosamente similares, e iguales a las que se pueden obtener usando equipos para extraccion de sangre (cuando doné sangre una vez vi las agujas). Todo nos lleva al factor humano detrás de forma irremediable. E incluso, el factor de depredadores naturales como la explicación final. Después de todo ¿qué nos indicaron los cientos de analisis por veterinarios ?: que era obra de algún tipo de depredador natural.

El resto, ese animal volador, puede ser muy fácilmente malas interpretaciones de algún vampiro o murciélago de enorme tamaño.

Es inquietante oir historias así. Me fascinan y excitan a su vez. Pero si me separo de mi parte emocional, y lo analizo friamente, la verdad es más simple.


Extraído del libro Enigmas Extremos.