TERROR EN LOS MONTES SANTIAGUEÑOS


La familia que gentilmente nos permitió investigar. No olvidaré jamás su gran contribución tanto en comidas, bebidas, y lugares para recorrer.

Aquella fue mi primera experiencia extrema en el mundo del misterio. Lo recuerdo como si fuera hoy.

Primero la nota periodística que me ponía al corriente de la situación.

Tras esto, las ansias irrefrenables de viajar a la zona, dejando de lado los insignificantes comentarios baladí de amigos y amigas que no podían ver aquello como un acto sensato. Y luego la entrevista con los testigos que vivían en Buenos Aires.

Sí, lo recuerdo tan claro como si ahora mismo pudiera asirme a la pared de las memorias. Veo la cara de quien sería apodado “El Mayor”; la de Iván K. Y la reunión para acordar detalles.

Pero ¿qué era aquello que tan poderosamente me cautivaba la atención?

En la provincia argentina de Santiago del Estero, rezaban los testimonios, habían sido avistadas innumerables veces unas luces de origen desconocido que, a priori, pensé se trataban de objetos voladores no identificados.

Lo llamativo – y atractivo - del caso era la regularidad de los avistamientos. Nada menos que todas las noches, en un horario especial, en una zona caliente recurrente.

Pensar en la probabilidad de verosimilitud del asunto requería más tiempo que simplemente confiar en los testigos y marchar al lugar. Además, ya había renunciado al trabajo que tenía por entonces para emprender esta nueva aventura.

Y no lo dudamos. Un gélido día de agosto de 1999 partíamos hacia la zona de Santiago del Estero, a miles de Kilómetros de Buenos Aires.

Me había aprovisionado con todo tipo de equipos, cámaras, linternas, tienda de campaña, sacos de dormir. Eran mis tiempos de expedicionario. Más que un investigador semejaba Rambo yendo a la jungla a enfrentarse a una guerrilla.

El viaje lo departimos en discusiones y reflexiones sobre la vida en otros mundos. Creía ingenuamente, en ese tiempo, que todo pasaba por los ovnis y sus fabulosas técnicas de manipulación psicológica. Mis amigos, huelga decirlo, eran aún más crédulos que yo.

Pero si estoy hablando de ellos en pasado es porque, evidentemente, algo ocurrió. Y no, justamente, por causa de demonios y ángeles.

Como dije en innumerables conferencias al respecto, incluso en un escueto informe que publiqué tras la investigación: al llegar a la región éramos tres. El tiempo y las circunstancias hizo que quedara sólo uno: servidor.

Pero veamos en qué consistió aquella singular aventura y adonde me condujo enfrentarme cara a cara con lo extraño.



EL VALLE DEL TERROR

El autobús nos deja a la vera de la ruta. Delante nuestro vemos perderse el transporte, desvencijado y con el uso extremo de las llantas.

Debo reconocerlo. Aquel lugar da náuseas. Hacia atrás la nada enmarcada en la carretera. Hacia delante lo mismo. Y nosotros debíamos internarnos tres kilómetros en pleno monte boscoso. La sequedad del paraje es áspera y dañina para la piel.

Cargo el equipo y avanzamos por un camino de tierra, guiados por las referencias del improvisado mapa que Jorge Serrano nos había confeccionado en Buenos Aires, en aquel patio de comidas rápidas donde lo habíamos entrevistado.

Pero el insoportable peso se ve mitigado por el recuerdo de la historia. No puedo creerlo. Estoy, nuevamente, en medio de la acción. En plena faena de campo.

Llegamos en poco tiempo a una chacra. En derredor, los conatos de vivienda semejan chozas humildísimas. Parece que estamos en medio de la pobreza más grande de Latinoamérica.

De inmediato me presento a una señora que, por los rasgos, debía ser la tía de Jorge Serrano. Nos recibe con un gustoso saludo, contentísima de que un rostro de la ciudad hiciera presencia en su hogar. Su marido, nos dice, pronto vendrá. Y lo aguardamos impacientes. El sabía de los detalles que tanto me interesan siempre.

Una vez nos alivianamos del insufrible peso, nos sentamos y preparamos la tienda de campaña a la vera del descampado, junto a un esquelético árbol. Ni bien terminamos de lidiar con los preparativos llega Pedro, el marido de la señora (que nunca logro recordar su nombre) y nos saluda con emoción.

Tras ponernos en antecedentes de las cosas que pasaban por la noche, nos desliza un dato que no puedo dejar pasar desapercibido. Animales muertos. Misteriosamente ejecutados por algo o alguien. Es más: nos comenta casi en un susurro, un estanciero también desapareció, y fue hallado desnudo con un orificio en el centro de la cabeza.

No lo dudo. Le imploro que nos lleve a aquella chacra para ver los animales o, cuando menos, lo que de ellos queda. Y montamos como felinos la carcomida camioneta de Pedro, llevados por el arrobo morboso de la sangre y el enigma.

Hacemos unos kilómetros, y nos adentramos a un paraje donde ya nos esperaba un desgarbado anciano, de mirada muy pronunciada.

Bajo raudo y empiezo a preguntar detalles. Pero para desgracia nuestra, los animales habían sido devorados por aves carroñeras, y sólo quedaban por testigo los detestables esqueletos (los de la foto). Aún así, nos confiesa el enjuto anciano, la noche en que los animales murieron hubo tormenta. Un dato para agendar.

Todos, nos enfatiza, presentaban una extraña oquedad en el centro del cráneo. He ahí la forma del deceso.







Vaya manera, pienso, en que las investigaciones funcionan. Voy en busca de seres del espacio –cuando creía en ellos, claro – y me topo ahora con el misterio de los misterios, la muerte viéndome a la cara.

Pero aún no había llegado la noche. Ella, cierto es, nos deparaba una extraña sorpresa.




PRIMERA Y ÚLTIMA NOCHE PARA UNOS

La noche es del diablo”, dispara Pedro, sentado frente a una hoguera, mientras asa un pollo y algunas chuletas de carne.

Los lugareños se habían congregado en el lugar, presas de sana curiosidad por nuestra visita, y por el irrefrenable hambre. El sol había desaparecido tras las colinas y los árboles. La noche, cerrada y congelante, se personaba impávida desvelando un extensísimo manto lechoso de estrellas.

Me calzo el abrigo, una campera de nieve, y froto mis manos ateridas bajo la llama de la hoguera. Los ojos de los lugareños brillan como perlas naranjas. Creo ver un tono malicioso en alguno de ellos.

Apenas nos distinguimos los rostros más allá de la fogata. Afortunadamente, me digo, las linternas están con nosotros. Acaricio la culata de la que tengo conmigo, en caso de necesitarlo, también sirve como garrote.

Algo había leído de Santiago del Estero. La extrema sequedad. Los fríos glaciales en invierno (época en la que estábamos) El calor excesivo en verano. Las ponzoñas que atestaban la región. Sobre todo las arañas, como la rastrojera, colorada y diminuta, pero gigantesca en su acción mortífera: dicen que su veneno brinda cinco escasas horas de vida. También, estaban las víboras.

Sin embargo, es cierto, a mis compañeros no le hacía ni media gracia el florido bestiario de insectos y serpientes. La peor de todas, era la Vinchuca. Un nocivo artrópodo que al picar su aguijón genera comezón, y al rascarse la piel, uno contrae lo que se denomina “Mal de Chagas”. Una infección deplorable y sin cura, que termina carcomiendo la vida de las personas con lenta y maligna voracidad.

Pero era mejor no pensar en la noche. El frío, por un lado nos deja lívidos, por otro nos ayuda contra los “bichos”.

Y recuerdo que fue en esa improvisada reunión, asando la carne, que nos comentaron los lugareños de las cosas terribles que ocurrían en la noche. Decían que se veían demonios surcando luminosamente por el monte. Criaturas, como el Alma Mula, o Mulanima, que se devoraba a sus animales y a más de uno le dio un susto de muerte (aquí tuve la idea de hacer mi experimento social que ya relaté en varios medios).

Fue en el momento en que ya la sugestión nos derrota con sus seductoras artimañas que Pedro, nuestro anfitrión, nos llama la atención sobre nuestra futura expedición nocturna.

“Si van a ir a donde se ve aquella luz, les aconsejo lleven este cuchillo bendecido, es de plata”.

Nos miramos alelados. Y resistimos la tentación de tomarlo presurosamente. Después de todo, pienso, somos de la ciudad, qué cosa extraña puede ocurrir. Todo ocurre en las películas.

Devoramos el condumio y nos aprontamos a la expedición. Un sendero oscuro y tétrico auspicia el principio de lo que serían cinco insoportables horas de pesquisa.

Y mientras avanzamos, ya sacudidos por los sugestivos relatos de los maliciosos lugareños, creemos percibir una sombra filtrándose fugazmente en el haz de la linterna. Retrocedemos maquinalmente. Siseando insultos regresamos a por la navaja de Pedro, la bendita de plata.

No era que temiéramos un encuentro con un espíritu o demonio o algo así . Aún ahora, después de tanto tiempo creo que todo obedece a causas desconocidas y conocidas de la mente. Y aunque prefiero no culpar a algo foráneo a esta tierra por el desconocimiento de nuestra psicología, ciertamente existen cosas que a veces no encajan.

Quizá por eso el cuchillo lo llevo yo. Envainado en una funda de cuero, lo enlazo en un improvisado ristre.

Creo yo, tardamos una hora en llegar al lugar donde, comúnmente, se divisaba la lucerna flotante. Y pensé, con toda arrogancia, cuánto nos demoraría ver aquella luz sobre los montes. La respuesta, estaba a la vuelta del camino.

En efecto, allí surgió aquella “luz”, suspendida del aire, moviéndose sin cesar de un lado a otro detrás de unas arboledas. Y creo que todos quedamos boquiabiertos. El frío desaparece. Mi amigo, escéptico y estudiante de física aplicada, no puede dejar de repetir “Vaya la naturaleza que es extraña”.

No lo pienso ni un instante. Me parapeto contra un árbol y filmo lo que fueron los dos minutos más emocionantes de aquella primer noche. El Mayor, que tiene binoculares, observa la escena con mejor precisión y me comenta:

“Es una forma triangular”.

“Tiene tres luces”

“Algo como una copa gira por encima!”

Resignado al misterio, sin embargo, hay algo que no me cuadra. La dirección y distancia de la luz. Deberé decir que aquello me tuvo preocupado mucho tiempo.

Mientras repetía, a mi regreso, en cada conferencia en Buenos Aires, que lo que había visto era tan solo una luz extraña, mis amigos estaban encantados en vociferar que aquello no era de este mundo. Sin duda, una nave del espacio, clamaban alucinados. Y presentaban material de aval que, para ellos, era contundente.

Hoy por hoy, puedo decir qué es lo que vi.

Y lo advertí cuando asocié dos hechos básicos. La distancia y la hora de la observación.

En esa hora había en la zona, según pude averiguar más tarde, una maquina agropecuaria deambulando en los campos. Curiosamente, según observé, tenía la particularidad de presentar una “copa” encima que giraba con luces intermitentes. A la distancia semejaba, seguramente, algo extraño.

Más aún: los arbustos cubriéndola ayudaban a crear la sensación de “flotación”, evitando que se viera la maquinaria no así las luces.

Y no tuve dudas. Aquella maquina era la responsable de la visión. Ahora lamento haber propiciado un misterio cuando no lo había. Y sin embargo, siempre mantuve mi firme opinión: era una luz. Ahora sabemos de donde venía esa luz.

Espero, sirva de ejemplo de que hasta tres cerebros pueden ser engatusados por las ansias de ver lo increíble.





NOCHE ALUCINANTE

No voy a negar que regresamos aquella noche entusiasmados con nuestra observación. Habíamos corroborado por nosotros mismos el gran misterio.

Estragados, nos introdujimos en la tienda con los huesos acalambrados por el intenso frío. Eran las tres de la madrugada. Nada se oía, ni nada parecía poblar aquellos desangelados bosques santiagueños. Pedro, seguramente dormía el sueño de los justos, y nosotros también pronto lo haríamos.

Entonces, oímos algo caminando alrededor de la carpa. Al principio un tímido sonido, luego unas contundentes pisadas. Por algunos minutos oímos aquello, hasta que cesó.

A la mañana siguiente desayunábamos estudiando algunos libros de Granada y sus “Supersticiones en el Río de la Plata”. Leía con fruición los relatos de folkloristas referidos a seres maléficos surcando las silenciosas noches. Una leyenda nos decía que escuchar un sonido desgarrante en la noche pasaba a representar un mal augurio. Pero si a ese sonido se le replicaba con un silbido, algo nefasto se acercaría y nos arrebataría los ojos.

No me extrañó que “El Mayor” empezara a empacar al oír a Pedro comentar sobre una entera familia asesinada en las inmediaciones por alguna secta. No me lo dijo nunca, pero ahora pienso que tuvo bien presente los pasos de la otra noche alrededor de la carpa.

En tanto, Iván K, más despreocupado, se divertía recogiendo agua de un pozo ciego (la cual usaba para luego lavarse como enseña la foto). Pero al verlo irse, seguramente opinó lo mismo.



En 24 hs él también sabría por qué extraña razón se marchó El Mayor. Quizá a un nivel intuitivo pensó que no era sano quedarse más tiempo.

Como sea, lo despedimos y nos dispusimos a intentar presenciar más de cerca, en la noche, aquella luz.

Y puntual y serena, la luna se asomó por detrás del monte.

Avanzamos sintiendo en nuestras carnes el frío insoportable. La linterna iluminaba el sendero y nos proyectaba las siniestras figuras de los arboles. Pensé que, para escribir una novela de terror, aquel paraje era ideal.

Para terminar de completar el cuadro: una neblina empezaba a marchitar los vericuetos por donde avanzábamos.

Así llegamos a la zona de la luz, como la denominamos. Y nada. Esperamos en silencio, agazapados en algunos arbustos. Pero el tiempo pasaba y no ocurría nada, salvo divisar alguna luz de un coche furtivo transitando a altas horas por las rutas lindantes.

Agotados, decidimos emprender el regreso a la carpa. Y allí ocurrió: primero fue un lamento indecible. Luego un sonido gutural recorriendo los parajes y helándonos la sangre.

Instintivamente amagamos a correr. Pero luego desechamos lo oído con comentarios razonables y plausibles. Un vaca moribunda. Algún bromista que a las dos de la madrugaba nos jugaba una procaz broma. Nada raro. A no preocuparse.

Llegamos doloridos y ciertamente atemorizados. A qué negarlo. Aquello no era normal. Ese gemido... yo al menos nunca había oído algo semejante. Y ahora pienso que como citadino, todo es raro en el campo.

Ya dentro de la tienda, nos introdujimos en los respectivos sacos de dormir, e intentamos hacerle frente al frío como mejor nos las ingeniamos. Llegué a ponerme tres pares de media. Dos pantalones. Botas, y la campera encima. Tanto frío hacía.

Y cuando el sopor me estaba por vencer, oí suavemente aquellas endemoniadas pisadas alrededor de la carpa. Como si alguien le gustara rondar una y otra vez a esas horas. Desperté de inmediato a Iván K. Y oyó, conmigo, aquello que rondaba.

No había duda. Eran pisadas. Pero ¿por qué tanta insistencia en dar vueltas alrededor de la carpa? ¿Quien podría ser?

Me negué a salir fuera. La noche, el silencio, y lo odioso que es recordar en esos momentos películas de terror me mantuvo cautivo dentro. Imaginaba aquellos videos de Jasón, Masacre en Texas, y demás film que no ayudaban. Sí, sacar la cabeza afuera y ¡zas! El golpe directo del asesino degollándote.

Esa noche no pude descansar.


EN LA SOLEDAD DEL VALLE

Aún no me lo explico. Lo veo tomar sus cosas, empacar con celeridad, y abandonarme en el monte con el atardecer a sus espaldas.

Ya por la mañana había notado un extraño comportamiento en mi amigo Iván. Por la tarde no tuve dudas de que se iría. Se sentía, me confesó, extraño, incomodo en el lugar.

Cómo describir el mar de fuego que me descompuso al verlo irse y dejarme en aquel lugar con todo el equipo. Y me dolió. Y me hubiera marchado también. Pero no pensaba irme sin volver a encontrar explicación a aquella luz o, cuando menos, recopilar una buena cantidad de relatos de primera mano.

Gastón, el hijo de Pedro, había regresado de estudiar en Banderas, un pueblo alejado a 40 km de donde estabamos (a la sazón La colonia.) Lo ayudó a marcharse y se sonrió con su padre al ver al “citadino” irse atemorizado. “El campo no es para la gente de la ciudad”, repetía Pedro, escrutándome de hito en hito.

Pero resistí quedarme.

E insistiré: de lo que relato existen muchos testigos. Pero yo, desafortunadamente, no vi nada de nada.

Durante diez días permanecí en aquel desolado paraje. Muchas anécdotas logré registrar; testimonios imposibles, y relatos que me hablaban de una extraña “Ciudad Flotante” que emergía de los montes, allí donde también los autos dejaban de funcionar.

Y la “luz”, como me la describían los lugareños y pobladores, era diferente a la que habíamos visto. Se comportaba como un péndulo en el cielo, con movimientos erráticos, como brincando en oportunidades.

Y sobre el Alma Mula. Los lugareños no dudaban. Era el responsable de las muertes de sus animales. Las luces, para ellos, se habían convertido en un evento vulgar, pero aquella nefasta criatura no.

Sólo puedo decir que en las noches que peregriné peinando la zona no vi nada inusual. Pero no me sentí solo en ningún momento. Incluso más: dos perros singulares me acompañaron la primera noche solo en la zona, escoltándome e incluso durmiendo bajo las alas de la carpa. Lo que evito que oyera de nuevo los malditos pasos alrededor. Pasos que supongo se deberían a unos pavos reales lindantes a la carpa. El silencio, la sugestión de la noche, se añadió para crear un misterio.

Y alguien se preguntará: ¿cómo es que me atreví, después de que mis compañeros se fueran, de inspeccionar la región y hacer vigilias nocturnas?.

Pues, sencillamente –aunque no tanto – porque me sentía protegido. Percibía en torno mío una “fuerza”, “algo” que me acompañaba y cuidaba de mi. Y puede resultar pueril, pero así era.

Si alguien quiere intentar entender porque permanecí tanto tiempo solo en la región, deberá considerar aquello. Y aunque es cierto que esa “fuerza” pareció abandonarme al descubrir ciertos engaños y manipulaciones que ya he relatado en diversos medios (hablo de Urantia), aún tengo una débil esperanza de que vuelva a mí.





DESTINO FINAL: BIBLIOTECA DE BUENOS AIRES

La imagen era aberrante. Aquello sin nombre que tenía sobre la mesa de la Biblioteca era sencillamente de no creer.

Pero estaban las fotografías. Odiosas. Patéticas. De algo que había sido exterminado en el Zanjón, localidad ubicada en la falda santiagueña.

Al parecer, según rezaban las antiguas crónicas del año 1989, aquel ser espeluznante de leyenda se había ensañado con los perros y ganado de los pobladores.
Textualmente:

Luego de que el animal mutilara a perros y aves y, de acuerdo con relatos coincidentes, atacara en los últimos días a animales domésticos de la zona” se decidió preparar una abatida.

Justino Bramajo, testigo del hecho, nos señalaba que cuando los animales, los perros, intentaban hacerle frente, aquella bestia les arrebataba la dentadura “de un solo mordisco”. De no creer.

Aún así, señala la nota, fue muerto a mazazos. Pero la verdad fue otra. Terminó siendo incinerado, puesto que nada parecía ponerle fin.

Y según el veterinario que lo estudió - luego de lavarlo, quitarle los restos carbonizados y la mugre - aquel animal no se lo podía catalogar dentro de las razas de canes conocidos por el tipo de cola, patas, testículos y dentadura.

Afirmaba: “Lógicamente no se puede hacer un estudio completo debido al estado avanzado de descomposición y por las quemaduras que presenta el cuerpo”.

¿Qué era aquello?

Para lo lugareños no tenía muchas aristas. Un Alma Mula, ni más ni menos. El demonio de los prados y bosques de las provincias.

Pero dejo a juicio del lector el estudio de aquellas fotografías exclusivas de la Bestia. Si me preguntan, diré que es un perro salvaje, nada de misterio. Porque, pesé a las garras y actitudes, es lo que parece.

Sin embargo, imaginate en un campo sin luces, sin suministro electrico, sin tecnología, absorviendo día y noche la idiosincracia de los pobladores que ven al diablo hasta en la sopa, ¿qué pensarías entonces?.

2 comentarios:

valnouveau dijo...

Me gustó este post, me gusta todas esas investigaciones que haces y como lo cuentas, me imagino todo, y si, siempre nos imaginamos "las películas". Que buenas experiencias has tenido Jarré. Bien por ti! ;)

S.Jarré dijo...

Gracias Val! :) Le han dado por bastante tiempo - y siguen dándole - sentido a todo ir a investigar :) Aunque me queje muchas veces, está bueno.

Un abrazo