UNA SOMBRA CON MULTIPLES FORMAS

Es una sombra, a veces toma la forma de perro, de humano o de gárgola”. La frase, pronunciada por una excelente testigo y mejor amiga, me sacudió. Y no sólo la primera vez que me enteré de su caso, sino también cuando la entrevistamos con Fabio Picasso en aquel café cercano a Humbolt y Santa Fe.

Su caso ha sido muy interesante, dado que Grace (Graciela) es amiga de mi padre desde hace muchisimos años, y sus palabras son sinceras. El Episodio que vivió ocurrió en la localidad de Don Torcuato, frente a la base militar de Campo de Mayo.

Vayamos al mismo (Extraído de La Matriz de lo Desconocido)

Lo acepto. Viajar en tren puede ser placentero en otros países, pero no para el mío. Y me explico. Lidiar con monstruos, aves masacradas o asesinos enigmáticos nocturnos tiene su contra, pero mucho más aún, si cabe, lo tiene aventurarse en una línea de ferrocarril a altas horas de la noche con fugitivos de la ley drogándose en hediondos vagones, miradas alucinadas asomándose desde asientos a los cuales son mejor no acercarse. Todo tiene, pienso, su lado magro. Y su precio.

Y las excursiones nocturnas en Buenos Aires también.

Pero – a qué quejarse- así es la vida del investigador de lo extraño: empieza su rumbo en la comodidad de una biblioteca y acaba en los antros menos imaginados. Y en esto debemos congeniar muchos: los vivos asustan, a veces, más que los muertos.

Así fue la aventura que protagonicé por el mero hecho de viajar de noche a Don Torcuato. Y, convengamos, todavía desconocía todo lo que allí ocurría.

Pero Graciela - morocha y de mirada penetrante – se encargaría de relatarme sus increíbles historias.

Aquella bella mujer vive en una construcción remozada desde que nació allí mismo. Precedida por un extenso jardín de unos veinte metros (el pinar al oeste) se alza en el fondo una casa de tejas de aluminio reforzado, con un pequeño tanque de agua. El barrio es ciertamente silencioso por las noches. Salvo cuando ocurre “aquello” que, como averigüé, ya todos están familiarizados.

La cocina donde me recibió mira a su generoso jardín, aunque hubiera preferido, me confiesa, que no lo hiciera. Cuenta que es realmente tétrico “ver todo oscuro ahí. Me da la sensación terrible de que algo acecha en algún lado del jardín.”

Y no es para menos. A veces suele encontrar las macetas con sus plantas corridas, arrancadas de su lugar habitual; escucha sonidos desagradables o ve fugazmente pequeñas sombras escabulléndose de un lado a otro.

La noche en que llegué tenía las persianas bajas de la cocina. Y preparaba un sabroso condumio que, velozmente (que no vorazmente) deslicé a mis regiones estomacales. Entonces dispuse, casi como un revolver, la grabadora sobre la mesa.

Y, por enésima vez, registré en la memoria –mía y de la cinta - su historia. Ocurrió en 1986:

Fue en una sobremesa. En una noche de verano. No la vi sola, estaba con una amiga. Ella también la presintió. Cuando salí al jardín a sacar una bolsa con basura sentí la presencia de algo sobre mi. Y al mirar hacia arriba, en la azotea, la observé nítidamente. Me quedé paralizada, no podía moverme. Miré bien para ver si realmente estaba aún ahí, y no lo podía creer. Me dije “¿Existe?, ¿Está?”. Miraba de un lado a otro. Mi amiga me dijo que no la viera directamente, y cuando noté que iba a verme corrí la mirada. Luego volví a observar. Y en un momento aprecié como que empezaba a volar, extendía sus alas descomunales y, de pronto, desapareció. Tan veloz como si fuera un relámpago.”

Le pedí que la describiera un poco.

Su piel era verde, el rostro era como el de un ser humano pero mezclado con una serpiente. Era muy musculosa y tenía dos aterradores cuernos en la cabeza. Su actitud era totalmente nefasta y diabólica. No intentó nunca atacarme pero su sola presencia era maléfica para mi. Parecía una especie de hombre gigante cruzado con murciélago. Los brazos terminaban en unas ramificaciones como las alas de los quirópteros. La sigo viendo o percibiendo, a veces oímos ruidos en el techo, desde hace unos 13 años. El miedo se va disipando, pero realmente es una situación difícil de explicar.”

Cuando menos son diez personas que aseguran que en aquella propiedad suceden cosas extrañas. Y hablan por experiencia. Sus hijas mismas han sido protagonistas de hechos desconcertantes: sombras errantes, criaturas pequeñas, ruidos electrizantes.

Por lo demás, en el barrio es sobradamente conocida la historia de la “jauría fantasmal”. Es más: algunas noches, alertados por el aullido lastimoso de algún can, la gente sabe a qué atenerse, sabe que ni por asomo deben salir fuera. Esa noche circula una procesión macabra de perros gimientes, escoltando a un animal de proporciones aterradoras y descomunales.

¿Una leyenda popular? . Posiblemente. Aunque no para Grace.

Una madrugada Grace tuvo el infortunio de comprobar esta “leyenda” en carne propia.

Así lo decía:

Retornaba a mi casa subiendo por la escalera de la estación de ferrocarril cuando comencé a oír los aullidos de la jauría. En el centro de una avenida oscura y solitaria alcancé a observar un perro blanco, bello como animal, pero realmente espeluznante. Sus enormes ojos rojos parecían bañados en sangre. Era el líder de un grupo de diez a quince perros más, pero que no daban la apariencia de ser salvajes. Aunque sus cuerpos estaban cubiertos de sudor y barro quizá por sus alocadas carreras por los campos. Como sea, eché a correr cuan veloz podía, mientras escuchaba a los animales llorar y aullar tanto que erizaba la piel, incluso los perros de las demás casas. Era escalofriante. De pronto veo que el que lidera el grupo se detiene y los que lo siguen también. Entonces aprovecho para correr más deprisa, pensando en buscar algún lugar donde ponerme a salvo. Pero al dar la vuelta en la esquina, para mi sorpresa y desesperación, veo el grupo de perros esperándome como si tal cosa. ¡ ¡Era imposible! No podían estar ahí y sin embargo sí lo estaban. De ningún modo podían haber dado la vuelta a la manzana tan rápidamente. Allí pensé que llegaba mi fin. No podía ni quería correr por lo que decidí caminar lentamente. Pasé por delante de la llorosa jauría y los animales me miraban fijamente; pero no atinaron a atacarme. Me dio la sensación de que me decían: te hemos perdonado la vida. Se alejó el líder y el resto se fue con él.

Así y todo, su mayor desconcierto la aguarda todos los días en su propio domicilio, en aquel mismo lugar donde viera una vez una extraña y horripilante criatura.

Mi miedo no está tanto en la calle, está en este jardín. Es como si se sintiera algo que no sé explicar. Tampoco te puedo decir si es benigno o maligno pero si tuviera que elegir diría que no es bueno. Es una sensación demasiado extraña. Es como si “eso” me obligara a hacer algo que no quiero. Siento que hay algunas fuerzas que deciden por mi”.

Aquí mismo, en este jardín, donde, junto a su hija Paula - trigueña y de ojos como avellanas - nos entusiasmamos contemplando la rica y majestuosa bóveda celeste.

Aquella noche, como es natural, no ocurrió nada.


Capítulo extraído de La Matriz de lo Desconocido





Nota: Y es común que pase esto: el investigar va al lugar de los hechos , se queda pernoctando o rondando por la noche en espera del misterio y nada. Absolutamente nada sucede. Así crece el sentimiento de frustración. Por tal razón, si no hay evidencias, estas historias quedarán relegadas al terreno de la imagineria popular o bien de las leyendas.