El mito del alquimista de Mataderos


Para uno que anduvo – y lo hace todavía, ya mejor encaminado – husmeando en los meandros de la alquimia, aquella investigación llevada a cabo por Guillermo Barrantes y Víctor Coviello, los cazamitos de Buenos Aires, me puso en guardia. 

Y no se debía a la afirmación fantástica de que un inmortal deambulara a sus anchas por el barrio de Mataderos, específicamente en el pasaje Viejobueno. No. 

Se debía a que tal persona había logrado aquel milagro a través de un Elixir secreto, y que, no sólo lo usaba para si, sino que si tenías la fortuna de cruzarte con él y te invitaba un buen mate, podías pasar unos años viviendo sin enfermedades

Si esto fuera verdadero ¡qué bien le haría a tantos niñitos que están en tratamiento oncológico ahora mismo y acaban sus vidas sin haberlas empezado siquiera! ¿No merecerían una oportunidad a través de aquel Elixir misterioso?. 

Más allá de eso, es cierto que la leyenda era del todo atractiva para alimentar mis ansias de ficción. Porque, como dije alguna vez, la vena por lo fantástico no me ha abandonado jamás (no sería escritor de novelas de ficción de otro modo). 

Pero creo que todo tiene una base sólida, magnánimamente real. Y allí fui en su búsqueda hacia Mataderos. 


PASAJE VIEJOBUENO 


Creo yo, era la primera vez que andaba por estos lares: Mataderos. Tomé el colectivo 55 que me dejó en Directorio y Miralla, justo enfrente a un restaurante. 

Cuando avanzaba por Miralla, observé por los cristales del restaurante un viejo sentado, largo, de cabello peinado hacia atrás, arrellanado solo tomando su desayuno. 

Por un momento imaginé que podría tratarse del hombre al que buscaba. Según la información que tenía en mi poder – que no era mucha – el alquimista, o bien uno de los longevos íntimos del alquimista, se llamaba Ernesto. (Para comprender mejor lo que hacía allí y la información que tenía léase «Buenos Aires es Leyenda» tercera parte.)


Guillermo Barrantes no me quiso facilitar la dirección, y tampoco insistí mucho. El pasaje constaba de tres calles que podría recorrer de palmo a palmo y , consultando entre vecinos, dar con la propiedad del individuo en cuestión. 

Ernesto era un hombre que, según las descripciones de Barrantes, superaba los dos metros de estatura. Barbado, de ojos penetrantes, voz grave. Digamos, no pasaba desapercibido. 

Pero lo habían entrevistado, de ser cierto todo lo que contaban, hacía al menos seis años atrás.

Como sea, seguí caminando por Miralla hasta dar con algo que me hizo recordar los Mataderos del siglo pasado. Una especie de fábrica inmensa. 

Ya en el pasaje en cuestión, noté el silencio y lo desolado que estaba todo. Salvo un hombre de pie bajo los rayos del sol, que me observó apenas aparecí en el pasaje, no había nadie. 


Comencé a tomar algunas fotos, y a caminar. En el trayecto, de cierta casa me salieron tres perros ladrándome. Uno de ellos amagó lanzarme un tarascón. Pero lo eché de un chasquido con la lengua. 

En la última cuadra del pasaje vi dos hombres conversando, pero decidí volver al inicio. Cuando lo hacía, una señora mayor salió de su casa y aproveché para indagarle. 

Me aseguró que nadie con el nombre y descripción ofrecida vivía en esa calle, que siguiera caminando por el pasaje que quizá vivía en las otras cuadras.


En las siguientes, le pregunté al hombre de pie (cuya imagen adjunté más arriba). De boina, con campera para montaña y pantalón de vestir, el hombre pasaba sus días en la calle observando. Una especie de pasatiempo para huir del claustro de su hogar. Negó conocer a Ernesto y a persona alguna que correspondiera con las descripciones físicas que le hice. 

Seguí caminando y vi salir del taller de la esquina un hombre con traje de overol y las manos y ropa engrasadas. Le pregunté sin preámbulos. 

Se detuvo un instante, esforzándose para hacer memoria. Pasaron varios segundos. Al cabo, me confesó no conocía a nadie que concordara con mi descripción. 

Seguí preguntando.


Una señora que caminaba por el pasaje fue la siguiente. No conocía a tal hombre, pero sí a uno que concordaba con la descripción de la alta envergadura. Me señaló una puerta de madera marrón, y me dijo que vivía ahí. 

«Ahí vive un hombre alto y flaco de cabellos grises. Fuma mucho todo el tiempo». 

¿Fumaba Ernesto?. Lo dudaba. Al menos no en la imaginería que me había concebido. Ernesto tenía, mínimo, 150 años. Me costaba imaginarlo con cigarrillos. Pero no conforme, la señora me pidió que la acompañara y que preguntaría en un comercio a la vuelta. 

Del comercio negaron conocer cosa alguna, las señoras no sabían de quien hablaba. Me alentó siguiera preguntando y probara en la puerta marrón. 

Observé la fachada, desvencijada y vetusta, de la casa, y dudé un instante. Al fin, crucé y a punto de golpear la puerta marrón oí llantos de criatura provenientes de adentro: no podía ser. Ernesto vivía solo. Sin familia. 

Al menos me había hecho a la idea de eso al leer la crónica de Barrantes y Coviello

Indagué con dos mujeres más, una que paseaba el perro; otra en cuya puerta tenía un emblema esotérico extraño. Nada. 

No conocían a tal hombre. 

Regresé melancólico y enojado por la pérdida de tiempo. Al final, era un mito-timo. Sin embargo, la vejiga me ayudaría a dar con la pista. 


EL ALQUIMISTA EVASIVO 

Dije la vejiga, leyó bien lector. Y me explico. Desde que había abordado el transporte que me condujo a Mataderos, me incomodaba una necesidad fisiológica básica que era, ni más ni menos, orinar.

Debido a que en la zona no disponía de muchos lugares qué escoger, y los árboles no son una opción, decidí probar en aquel restaurante. Pedí permiso al mozo que atendía el lugar, y subí las escaleras hasta el toilet.

Salí relajado viendo fijamente al anciano que estaba sentado, todavía con su desayuno sobre la mesa. No iba a hablarle al anciano, pero no le quitaba el ojo, por las dudas.

Entonces empecé a indagar al mozo de Ernesto, lo describí, y dije bien fuerte –para que me oyera el susodicho anciano - por qué razón lo buscaba. Razón que hasta aquel momento había ocultado a mis ocasionales entrevistados.

Y cuando dije «conocés el mito del alquimista de mataderos», Elio, el mozo, negó con la cabeza pero se quedó pensativo.

Y ahí recordó, basado en las descripciones que le había hecho y el nombre, de un Ernesto que vivía en Viejobueno, pero que se había mudado a Villa Lugano, cerca de donde tiene su joyería entre las calles Chilavert y –parece increíble – Piedra Buena.

Y como no podía ser de otra manera, la joyería se llama Lyon. Nombre sugestivo, alquímicamente hablando.

Elio me contó que todas las noches pasaba por aquel restaurante y retiraba su comida. Eso me hablaba de un hombre solitario, sin familia ni esposa, que pasaba todos los días a buscar su cena pasadas las 21 horas.

Agendé todos los datos, y decidí que tenía dos alternativas. Ir a la joyería, o encontrarme a las 21 horas en aquel restaurante con el anciano. 

DOMICILIO EXACTO DEL ALQUIMISTA 

Antes de ir, quise cerciorarme de que Barrantes no me iba a pasar más información. Volví a contactarlo, y negó poder ofrecerme datos sobre el domicilio del alquimista en Viejobueno.

Pero añadió:
«Lo que si puedo decirte es que la casa del Alquimista no se encuentra (o se encontraba) ni en la primera ni en la última cuadra de Viejobueno» 
Con esa minúscula información, a priori inservible, yo me hacía la idea de restringir la zona de búsqueda tocando uno a uno los timbres de esa calle. Pero todavía tenía la joyería, y el alquimista supuesto que trabajaba ahí. Tenía esa carta por jugar. Carta que me abriría las puertas a la verdad. 

CARA A CARA CON EL MITO

Supongo que uno al investigar agudiza la observación. Por eso, mientras viajaba en subterráneo, observaba atentamente los rostros de los pasajeros haciéndome una idea acertada o no de sus intereses y ocupaciones.

Y allí, de pie, un hombre con el rostro mefistofélico, parecía mirar el pasaje con sorna, las cejas arqueadas, y una frente aplanada sumamente extraña. Parecía sonreír con los ojos de manera perversa.

Al lado mío, dos hombres hablaban de acostarse por cincuenta pesos con prostitutas, relatando al mismo tiempo que necesitaban un Héroe que los sacara del apuro del gobierno del país.

Me tomé el transporte de línea 141. Y apenas me senté, abrí el mapa donde tenía marcado – con una X- la calle de la joyería: Chilavert y Piedrabuena.

La avenida Piedrabuena, más precisamente, que flanquea a la nada menos que Villa 15, conocida como Ciudad Oculta. Esta zona, en la noche, es altamente riesgoso transitar.



Y cuando bordeaba con el autobús dicho barrio, con las casas desconchadas y de ladrillos mal puestos, la ropa colgada de lado a lado y la gente caminando por suelos de tierra, me hacía la idea de cómo debería ser a la noche.

No me hubiera gustado bajar ni de día en esa zona.




Finalmente arribé a Piedrabuena y Chilavert, y , como no podía ser de otro modo, la joyería estaba cerrada.

No obstante, no me desalenté. Toqué timbre a la casa de al lado, y una mujer desde el piso superior me dijo que volvía a abrir a las 17hs, es decir, en una hora.

Mientras hacía tiempo, y considerando no había almorzado, me dirigí a un restaurante que usé como centro de operaciones.

Subí al solitario piso de arriba y ahí encargué tostados y dos medialunas con un té. Impaciente, aguardaba la hora y – soy sincero – fantaseaba con la idea de que un ser de la magnitud del alquimista existiera.

Como un niño, jugaba con la fantasía de que me iniciara, me enseñara su Elixir o , cuando menos, me invitara a tomar un mate «sabiamente» preparado.

Llegó la hora y crucé a la calle de la joyería. A metros me di cuenta que estaba abierta. Ingresé a toda velocidad. Y apenas escuchó el ruido de la puerta, el hombre, de espaldas, me dijo:

«En un momento estoy con usted». 

Aguardé, impaciente, frotándome las ateridas manos. Entonces salió de atrás de una vitrina y lo vi. No tenía ni dos metros ni era barbado, ni tampoco tenía los ojos oscuros y profundos. Sus ojos, color verde esmeralda, reflejaban un hombre honesto, sincero, que trabajó toda su vida en su joyería.

Lo encaré, le pregunté su nombre que no resultó Ernesto, sino Héctor. Y le dije que estaba buscándolo, que si vivía en Viejobueno.

«Sí, hasta hace dos años viví toda mi vida en Viejobueno. Naci en esa calle y conozco a todos los de mi cuadra.» 

¿Conoce el mito del alquimista de mataderos entonces?.

«No, nunca oi hablar de eso. Y mirá que sí he escuchado de todo. Sé de leyendas vivas o fallecidos que vivieron en el barrio. Cantantes famosos que nacieron en calles cercanas. Puedo decirte que al menos en la cuadra donde vivo no hay nadie que sea alquimista ni que se llame Ernesto.»

¿Y que mida más de dos metros de altura?.

«No, no conozco a nadie con esa descripción.» 

¿En qué cuadra vive usted?.

«Justo en la del medio.» 

Recordé entonces las palabras de Barrantes, y su dato terminó de cerrar el círculo: el mito era un invento.  

Nunca hallaría al alquimista porque ese alquimista provenía de los laberintos de la imaginación de estos dos escritores de ficción como son Barrantes y Coviello.

Héctor me aseguró, con toda su sinceridad, que en casi 60 años que vivió en dicha calle, jamás oyó ni vio a nadie de las características mencionadas.

Además es cierto: un hombre como Ernesto, muy estereotipado – dos metros de altura, ojos profundos, barbado – sería sumamente llamativo en el barrio.

Las personas altas siempre lo son.

Héctor sólo confirmó lo que ya había estado investigando en Viejobueno con sus vecinos: no había nadie que viviera en dicha calle con las características de Ernesto. 


CONCLUSION 

Esta investigación debe servir a modo de ejemplo, cómo hay cierta fascinación pueril en uno al investigar algo que, racionalmente, no puede ser posible.

Y que, si se hubiera usado la razón antes de lanzarse al terreno, la verdad habría asomado sin lugar a dudas.

Bastarán unos ejemplos sencillos de analizar.

Un hombre que tiene un elixir que cura las enfermedades, que prolonga la vida, si existiera, lo último que haría sería dar a conocer su longeva edad a periodistas de lo insólito para que en sus tiradas de miles de ejemplares lo dieran a conocer al público masivo. Se guardaría el secreto o lo vendería a un laboratorio para ayudar a los niños en terapias oncológicas.

El perfil de Ernesto: estereotipado. Clásico de un arquetipo poderoso: alto, barbado, de mirada penetrante. Es la definición perfecta de un personaje de ficción que, por otro lado, a todos nos gustaría fuera verdad.

No puede ser bajito, gordo, de nariz rechoncha. No. Debe tener voz grave, ojos de fuego, y altura de dios. Una suerte de Gandalf de El señor de los anillos.

Ahora es interesante como se unieron las supuestas «pistas» para una calenturienta mente como la mía:

La avenida Piedrabuena y Chilavert se convirtió en un escenario fantástico. La joyería Lyon (León) , cuyo nombre, me contaba Héctor, se debe no a caprichos alquímicos sino a caprichos regionales (el antiguo dueño era fránces y amaba Lyon, una ciudad francesa), la soledad del joyero que alentaba el mito del alquimista solitario cenando en la casa solo, rodeado de matraces.

Además ¿qué mejor oficio para un alquimista que transmuta metales en oro que una joyería que dice en grande Compro Oro?

Como digo, todo esto alentó mis ideas de que estaba en la pista correcta. De que quizá, quizá podría haber algo de cierto. Pero bastó una breve charla con el involucrado para desmontar todo el mito-timo.

El niñito que hay en mi quiso creer: pero el adulto, más sagaz y experimentado, le tomó del hombro, y viéndolo fijamente le dijo: «no te creas todo».

Un engaño más al cajón.
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