La prueba alquímica: ¿la auténtica piedra filosofal?


Durante años he hurgado a hurtadillas en el fascinante mundo de la Alquimia. Tras descreer en muchas cosas, creí hasta último momento que la Alquimia podría llegar a albergar numerosos secretos. Y empezó mi búsqueda. Aquella en la que pasaba horas leyendo detenidamente entre líneas los cientos de tratados herméticos que obran en mi poder. Los traduje del francés, del inglés, del latín y el griego. Y no pude dejar de hacerlo. 

Así, lentamente, llegué a algunas concretas conclusiones sobre el Arte Sacro. Estaba claro que mi iniciador, como a muchos de mi generación, era Fulcanelli, o quienes se hallaban tras este nombre. Vorazmente me sumergí en el “Misterio de las Catedrales” y “Las Moradas Filosófales”

A decir verdad, al principio me resultó tan complejo y críptico que desistí pensando ingenuamente que algún maestro me podría guiar, si de hecho podía encontrar alguno disponible. Con el tiempo volví a retomar la lectura de aquellas obras. Entonces, tras la quinta lectura, comprendí. Y no lo pensé dos veces. Me volqué a descifrar –porque estaba persuadido que todo consistía en eso, saber las claves, como ejemplifica el alquimista Limojon Saint Didier- los antiguos tratados de los “filósofos del fuego”. 

Y allí estaba Ireneo Filaleteo, Nicolas Flamel,Cyliani, Basilio Valentín, Fulcanelli, todos con una constante: la enseñanza de la obra “seca” o de las “amalgamas”. Pronto la teoría que tenía quedó corta. Tenía todas las variables requeridas. Era el tiempo de experimentar. Pero no sabía por donde empezar. Si por el cinabrio de Kamala Jnana, este es, Roger caro. O por el estaño de Roger Bacon. También estaba el antimonio de Valentín. ¿Por donde empezaba mis experimentos para probar la verosimilitud o no de mis lecturas? 

Pero, lo sé, la pregunta que el lector atento se debe estar haciendo es ¿Qué es la alquimia según la entiendo yo?. Hasta muchos años atrás estaba persuadido que era la forma de acceder a una medicina capaz de resolver ciertos dilemas de nuestro cuerpo, proyectando salud y bienestar. También, y por añadidura, que era una sustancia capaz de lograr cambiar a los metales. Por ello, además de experimentar busqué, desesperadamente, toparme con algún alquimista auténtico que pudiera mostrarme sus experimentos. Esto es lo que descubrí. 

MENDOZA: TIERRA DE ALQUIMISTAS 



El Cerro de la Gloria. A los lejos, la precordillera dibujada en una de sus vistas imponentes. Y en éste parque tupido y silencioso observo, medito y vuelvo a escuchar las palabras que Alberto y Enrique me confesaron hace más de media hora en un café del centro de la capital. 

Aquello era en verdad increíble. 

Según ambos alquimistas, avezados durante años en los trabajos de Hermes, en este parque municipal vivió un viejo ermitaño que había consumado la famosa Lapis Philosophorum, y tenía la mañosa costumbre de regalar pepitas de oro a cambio de bebidas alcohólicas. 

“ El Vagabundo” , me dice Alberto y me observa atentamente. Luego añade: “ Era alguien muy reservado, y rara vez se lo veía sobrio. Pero cuando lo estaba era capaz de recitar de memoria a Flamel y Fulcanelli sin equivocarse en lo más mínimo. Sabemos, porque estuvimos muchas veces con él, que había logrado fabricar la “Piedra” y transmutaba en algún lado del parque, con elementos en verdad muy precarios. Lo sabemos porque de la noche a la mañana sacaba pepitas de oro y nos decía, en uno de sus estados de sobriedad, que las fabricaba él mismo, y que, encima, era sencillísimo. Yo durante mucho tiempo intenté, desde luego, que me confesara el secreto pero no hubo caso.” 

 “¿El vagabundo?”, indago yo. 

 “Sí”, se ataja Enrique, el otro alquimista más anciano, y me mira con los ojos entornados. 

Me dice: 

 “Lo llamábamos así porque vivía como un pordiosero, desamparado y marginado, y sin embargo tenía la posibilidad de una enorme economía.” 

 “Pero yo me pregunto –dije y miré a ambos – ¿No será que tal vez aquel hombre había encontrado alguna mina, o algún tesoro enterrado aquí en lugar de transmutar? ¿ Cómo saben que lo hacía si no lo llegaron a ver?”. 

 “Mira - me responde Alberto, alto, delgado, de ojos brillosos - nosotros lo sabemos porque durante muchos años estuvimos hablando con él. Y porque muchas veces padeció severas quemaduras a consecuencia de sus experimentos y milagrosamente se curaba solo. Una vez se quemó el cabello por completo y le dijeron que tenía quemaduras de tercer grado , que debía ser atendido como correspondía, pero se negó en redondo. Dijo que él solo se iba a curar. A la semana ya le estaba creciendo el cabello. Cuando le preguntamos nos dijo que era una de las virtudes de haber tomado la “piedra” de joven.” 

 “Pero ¿por qué se había echado a menos, siendo un vagabundo?” - les pregunté a ambos (ya me sonaba a mito). 

 “Porque así lo deseaba” –terció Enrique y me miró largamente abstraído en sus recuerdos. 

 “Parece que había sido engañado por su mujer –retomó Alberto y bebió su agua con gas – y quiso acabar con su vida como fuera. Por eso bebía desorbitadamente , compraba botellas y botellas de alcohol con sus pepitas, siempre se lo veía delirando, y las pocas veces que estaba sobrio, como te decía, nos deslumbraba con su sagacidad y conocimientos. Fue una lástima haberlo perdido.” 

 “¿De qué murió?”. 

 “Mira –dijo Alberto y se arrellanó en su silla – al parecer fue hallado una mañana en las bocas de desagüe de la ciudad, sumergido en el agua y muerto. Dijeron que como estaba siempre borracho se cayó y se murió. Pero yo sé que la policía misma y otras personas estaban tras su secreto y le dieron electroshock para robárselo. Pero no pudieron. Sin embargo, luego de aquellas torturas nuestro amigo estuvo muy mal y casi nunca más se lo volvió a ver sobrio y coherente. Le habían dañado la masa encefálica. 

 “Amigazo, es que este secreto –sentenció Enrique y me miró fijamente con sus ojos grises– acarrea graves consecuencias para quien lo posee, no es un juego. Y aunque muchos puedan pensar que son delirios y quimeras, otros no lo hacen y saben que los que trabajamos en esto lo hacemos con seriedad y con buenos resultados.” 

Me interno en medio del parque (donde tomé la foto que ven), y husmeo entre los árboles, buscando algo que me señale el lugar donde moraba aquel ermitaño. Y lo hallo, camuflado por unos árboles y unas chapas de metal que otrora habrían servido de resguardo de las inclemencias del clima de la región. 

Y piso aquel suelo rociado de hojas del otoño, crujen a mis pasos y en cada crujido me recreo en las palabras de mis informantes, en esta historia tan típica y mistificada por dos hombres que creen aún en la magia. 

Me siento en el suelo e – para eso estoy – imagino. Y veo a un hombre encorvado, rodeado de un surtido de botellas de vidrio a medio llenar de alcohol, afanado en su trabajo con latas y carbones,los dedos llenos de mugre, la tristeza reflejada en sus ojos oscuros como sus manos. Pero no veo –en ningún lado de mi imaginación escéptica –pepitas de oro, ni piedra filosofal alguna (*). 

Me pongo de pie. Ahora veo lo que me depara la noche. Otra entrevista. Esta vez a solas con Enrique quien prometió revelarme "algo" importante. 

 Y a la distancia – mientras me dirijo a mi albergue –el sol desciende sobre aquel 21 de mayo del 2003. 

La noche, me digo, es un rosario de recuerdos. 

 AQUEL VIEJO SABIO 



 “ No fuerce nunca a la naturaleza, sígala con sencillez y delicadeza”, dijo mi anfitrión mientras entornaba la puerta de su jardín y se perdía entre las malezas de sus árboles. Cinco gatos negros me miraban simpáticos, maullando a mi paso. 

Enrique era una persona alta, de ojos grises y de cabellera cana, blanca como la nieve. En sus más de 50 años de estudios del Arte Sacro había llegado a descubrir lo que para él era ni más ni menos que la famosa Piedra Filosofal

Y eso era lo que quería mostrarme allí. 

 “Siéntese”. 

Y me señaló una silla aledaña a una ventana. Fuera del cristal la noche había cubierto el jardín, los felinos deambulaban y parecían estar atentos a mi intromisión en la casa. Y cuando iba a sacar mi grabadora sus grises ojos se alarmaron durante un instante. 

 “ Nada de grabaciones, por favor”. Acepté de buen grado, sabía que tener la dicha de aquella entrevista (porque, a diferencia de otros ámbitos esotéricos, es muy complicado meterse en el mundillo de la alquimia ) era un obsequio afortunado. 

Observé mi entorno y me di cuenta que aquel laboratorio era muy humilde y lleno de polvos y frascos, con alguna que otra tela de araña entretejiendo de esquina a esquina. Y un olor. Raro. Familiar. A hierro quemado. 

 “¿Enrique, cuantos años tiene usted?”- le pregunté. 

 “Más de la cuenta –dijo y sonrió misterioso – Tengo 74 años”. 

 “Dígame cuál es su parecer con respecto a la Alquimia”. 

 “Es una ciencia de Dios. Es la tierra roja de las escrituras, el don para llegar al Reino de los Cielos. Cuando uno bebe un extracto de la piedra puede aumentar su coeficiente y llegar a un rendimiento impresionante de sus facultades.” 

 “¿Y cómo van sus ensayos.?” 

 “Muy bien”

 “¿Ha logrado la famosa estrella de los alquimistas?,” 

 “Eso, amigazo, es de la vía seca. Y yo me dedico a la vía húmeda, pero igualmente sí lo he hecho. ¿Usted sabe la cantidad de conocimientos prácticos de laboratorio que tienen las Sagradas Escrituras?”. 

 “Sí. Ahora, en síntesis, si no entendí mal ¿usted busca la “piedra” porque es una panacea y porque le aumenta el coeficiente intelectual de alguna manera acercándolo a Dios?. 

 “Exactamente, usted lo ha dicho. Pero no se fie de los tratados, porque ninguno nunca dijo la verdad." 

 La entrevista se mantuvo durante dos horas más. Debo confesar que en una nueva visita al domicilio de mi amigo, en un viaje relámpago a la provincia en cuestión, tuve oportunidad de continuar la platica. 

Su humildad y gentileza en más de una oportunidad me tomaron desprevenido. En honor a la verdad, no he encontrado ser humano con la humildad de Enrique. Siempre recordaré las veces que me acompañó a las moradas filosofales de la ciudad, enseñándome y documentando (aquí, en este artículo incluí dos fotografías). 

Y cuando ya me estaba despidiendo, recuerdo que me tomó del hombro y me miró con sus ojos grises durante un largo rato. 

"Cuídese del diablo", me dijo fulminante, "porque lo va a tentar". 

 No lo he vuelto a ver en mucho tiempo. 

 LABORATORIO DE UN ALQUIMISTA 
Foto extraída de la vía de Kamala Jnana.

 Aquel estudio era en verdad deslumbrante. Y no se debía a la meticulosidad y orden con que estaba equipado, con frascos con nombres, balanzas, hornos electrónicos y un sin fin de variedades minerales sobre la mesa. No. Había , se respiraba, un aire de limpieza y de esmero como si fuera un laboratorio de química moderna. 

 Y es que Alberto no exageraba con sus precauciones sanitarias. 

Tenía máscaras, guantes, y todo un arsenal para protegerse de las pruebas. Ya muchos me habían dicho –y él lo volvería a hacer – que el peligro que implicaba las operaciones alquímicas estribaba en verdaderos desastres para la persona. 

Allí estaba el caso de un anónimo alquimista que perdió un pulmón por respirar las emanaciones de sus ácidos. Ahora debía ir con un respirador artificial a donde fuera, imposibilitado para continuar sus trabajos. Y sin ir más lejos Cyliani, cuya peligrosidad deja patente en sus escritos al mencionar que perdió un órgano vital, que asumimos es un ojo.

Pero en la sala de su estudio se estaba bien. Y mientras me hablaba de sus primeros años en la alquimia, me mostraba fotografías y libros realmente singulares, yo seguía pensando en los conceptos y modos que tenían ambos alquimistas en ver un mismo misterio. 

 Allí – en lo de Alberto - vi por primera vez el libro de Kamala Jnana, el popular Roger Caro que logró la piedra e incluso la fotografió, pero cuyos resultados son más que cuestionables. 

 “¿Qué opinión te merece la alquimia?” - empecé. 

 “Es el camino a la verdad. Y no cualquiera puede seguirlo. Debes estar preparado espiritualmente para hacerlo. Porque es uno mismo quien a través de su energía emocional otorga a la piedra física la capacidad de transmutar. No se trata de un mero ensayo químico, si lo fuera, no sería más que una pura receta”. 

 “¿Pero la piedra existe, es algo real, verdad?”. 

 “Sí. Como ves en las fotos de Kamala, aquel hombre la logró. Pero, como te digo, es necesaria una entrega del operador, un intercambio de energía para que la sustancia particular de la piedra la absorba y se alimente. Así nace y se hace este trabajo. Por eso, si te fijas, en los grabados antiguos vemos al alquimista entregado a los rezos y oraciones, está dándole, a través de las vibraciones de sus palabras , una cierta carga energética a la sustancia inmersa en el Matraz.” 

 “¿Y para qué sirve la piedra según tú?”. 

 “Para lograr una transmutación de la persona. Para llegar a contemplar la realidad que late bajo esta capa de engaños y confusiones. 

 “¿ Y crees que podrás lograrla.?” 

 “Tengo fe de que sí. Ya tengo todo lo que me faltaba resolver, en especial aquello que jamás fue dicho y jamás se dirá y sólo puede obtenerse por revelación divina." 

 Aquello ya me puso en guardia. Me sonó familiar. Y ataque. 

 “¿Me quieres decir que la obtuviste por revelación?”. 

 “Algo así”. 

 “¿Cómo?”. 

 “A través de estudios y razonamientos, sueños, visiones. De golpe ocurrió”. 

 Detuve la grabación y lo miré de hito en hito. Aunque había ciertos puntos que contradecían mis conceptos en aquel entonces de alquimia, decidí callar y otorgar el beneficio de la duda. 

La conversación se prolongó por un tiempo más. Ya al salir a la noche, mi cabeza estallaba en meditaciones y creí sufrir de demasiada abstracción. Me arrebujé en mi saco y dirigí mis pasos presurosos a algún bar nocturno. 

Debía disiparme, y pensé que nada mejor que las siluetas femeninas. Allí, - entre cócteles de zumo de naranja y frutillas , mi única bebida “fuerte” – recapacité en aquellos alquimistas que había conocido.  
Y me di cuenta de algo: aunque amigos, ambos tenían conceptos sobre el llamado Arte Sacro muy diferentes. Y mientras uno de ellos me enseñó todo tipo de confecciones químicas o alquímicas, el otro se empeño en los libros y sus ilustraciones y se negó ir más lejos porque todo era , para él, un tema espiritual. 

 ¿Quien tenía la verdad? 

Pensé que si seguía estudiando y ensayando en el laboratorio podría saberlo. Y a ello me enfrasqué durante mucho tiempo, haciendo un gasto considerable de mi economía. Veamos qué resultados obtuve. 

MIS PROPIOS EXPERIMENTOS EN ALQUIMIA 



Como decía al inicio de este informe, tras leer mucho, recabar información con alquimistas, y probar por mi mismo con diversas sustancias, intenté saber qué había de cierto en todo lo que se decía sobre alquimia. 

Por aquellos tiempos me impelía hacerlo lograr una medicina capaz de resolver los sufrimientos del cuerpo. Mi ideal, pienso que no era malo, pero debería haber estudiado biología o genética e incluso medicina si quería llegar a algún lado concreto. Bueno, esto me aconsejaban amigos y mis padres, a los que jamás hice gran caso.

La alquimia me enseñó secretos, pero de la naturaleza humana. 

Por ejemplo, el anciano Enrique me reveló su fórmula de la “Piedra”. Durante meses y meses me enfrasqué a probar cada uno de los compuestos involucrados. Debía usar plomo vulgar, cortarlo en láminas y obtener mediante ácido nítrico y ácido sulfúrico un polvo blanco. Este mismo:




Luego, para obtener el azufre usaba sulfato de hierro. Lo ponía con agua de lluvia o del grifo a hervir durante horas. Se tornaba de un color morado como revela la foto que coloque arriba. Esa sustancia, rojiza, se ponía a secar bajo el sol. Y se formaba un polvo rojo que posteriormente debería ser mezclado con el polvo blanco extraído del plomo. 

El elemento que los unía era la famosa “leche de la virgen” o Mercurio, formado por KOH. Pero el KOH debía ser tratado de una manera especial: en un plato, bajo el influjo de la luna, se va disolviendo y a la mañana, antes que se asome el sol, uno recogerá un líquido que se formó del KOH.  
Probé esta receta. Viajé en un par de ocasiones a lo de Enrique para confirmar procedimientos. Y nada. No funcionó nada. O en anciano me la había revelado en parte o no era nada más que un fraude. La última comunicación telefónica con Enrique fue el 31 de diciembre de 2004. 

Me añadió algunos detalles más. Pero no me funcionó. Luego me enteré de quien había abrevado él mismo su receta: de nada menos que el fantasioso de Faruk.  Aquel hombre que entrevistamos en su día con Fabio Picasso en un bar de microcentro y nos relató su fantástica historia con los muertos. 

La conclusión era obvia: estaba deambulando en los laberintos de la imaginación ajena. Después de todo, la“Piedra” de Enrique no transmutaba, no hacía nada más que ser atractiva a la vista, formada como por rubíes aglomerados entre sí, dentro del matraz. La foto de arriba de todo. 

Yo buscaba recrearla por un tema de curiosidad científica, y amor a la verdad, pues dudaba que aquello fuera una panacea.  

CONCLUSION FINAL 



Recuerdo los barbijos. El olor a hierro. Los vapores de los ácidos impregnando la tela con la que cubría mi nariz. Recuerdo muchas noches, en la parrilla de mis padres, dele esperar que se fundieran las sustancias. Recuerdo las comunicaciones con otros alquimistas, intentando llegar a algún lado con otras sustancias. Las pruebas con rocío. Los matraces que adquiría. Las retortas que mandaba a construir. Y nada. De todo ello, nada. 

Los años pasaron y no dejé de leer tratados de alquimia, hasta que llegué a la sustancia que debía ser la auténtica empleada. Esa sustancia era común, no tóxica, ni siquiera un mineral, y se encontraba en todos lados, en especial, en el campo. 

Una sustancia que sólo en las noches húmedas podemos verla (otro día escribiré al respecto más en detalle). Pero probé, y , al carecer de equipos para destilar – y con una economía cada vez más en descenso – desistí de mis experimentos (**). 

En el fondo, me había dado cuenta de la razón de mis pruebas alquímicas: evitar desesperadamente el deterioro del cuerpo, la vejez, y vivir más tiempo sobre este planeta. Esa sí era una quimera. Quería evitar lo irremediable. Bueno, seamos sinceros: todavía quiero.



(*) Hoy lo veo diferente: sé que de lo vil se puede extraer una medicina extraordinaria. Lo veo al "vagabundo" sumergido entre sus latas, quemando maderos, sacando sus cenizas, luego sus sales, y llevando al milagro de la gran obra con maestría y sencillez, en uno de sus ocasionales estados de lucidez.
(**) Es obvio que retomé los trabajos de Hermes, pero ya encaminado,  y con bastante éxito. De ello más no puedo hablar.


Nota: el presente artículo fue escrito hace 15 años atrás. No está actualizado en base a mis nuevos descubrimientos y trabajos en la experimentación de laboratorio.



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