Trata de blancas Made in Hong Kong


Hace años atrás mantuve la entrevista que sigue en un Mc Donalds de Av. Corrientes y 9 de Julio. Esperaba a aquel hombre en la entrada del local, que da a 9 de julio. Y observaba la gente pasar de un lado a otro con el Obelisco de fondo. Imaginaba que todos escondían secretos inconfesables y que nadie se enteraría de ellos a no ser por un cierto azar. 

Azar como el que tuve al toparme con aquel hombre en una casa de Magia (Bazar de Magia) cuando compraba un poco de papel flash. Una charla intrascendente de prestidigitación, y de pronto una chica en minifalda que sale de los salones de clases, nos mira, nos saluda, y el hombre que está a mi lado, cuando se marcha, me giña el ojo y me susurra mordaz: «a esa putita me la recontra cogería. ¿Le viste las piernas?» 

Y empieza a contarme sus largas jornadas sexuales en el ambiente del ilusionismo. Cómo aprovecha los trucos para seducir féminas

«No paso un día sin coger», me dice con los ojos brillosos. 

El hombre no es muy alto, viste elegante, siempre de negro como todo ilusionista que se precie. Tiene ojos azules y una barba candado castaña. Y habla hasta por los codos. Un parecido simétrico en la cara lo une con el periodista Eduardo Feinmann. 

Me cuenta que ha frecuentado todos los burdeles de Buenos Aires. 

«Conozco a todas las putas de la ciudad», se jacta con su sonrisa de diamante, fugaz. 





Pienso qué necesidad un hombre como él tendría de ir con prostitutas. ¿Qué podrían ofrecerle las meretrices?. Y se lo digo.

Me responde sin abandonar la sonrisa: «soy adicto». Y entorna las cejas seductoramente. Se siente orgulloso, yo lo veo con tristeza.

Ahora, en el McDonalds donde lo espero, vuelve a mi esa primera vez en que lo conocí. Y las restantes veces en que me lo crucé en el ambiente de magia, en congresos, o en reuniones en bares donde ensayábamos trucos con monedas y pequeños enseres. 

Me citó porque, según me había contado por teléfono, había ido a un burdel clandestino en la calle Tucumán, dentro de una galería, y había estado con dos prostitutas orientales en dos ocasiones. 

En la primera, a la mujer le faltaba toda la dentadura y le hizo sexo oral hasta terminar dentro de su boca. La matrona que la regentaba la había obligado a beber el semen. 

«Discutieron en chino», me dice el colega mago. «Se la llevó aparte del brazo y yo esperé en la habitación. Al rato regresó con la cabeza gacha. Seguro se resistió, pero yo quería terminarle en la boca y estaba dispuesto a pagar por eso.» 

En la siguiente vez, tuvo relaciones con otra mujer que lloraba cuando era penetrada y se sacudía como si estuviera siendo violada. El hombre estaba excitado y continuó, pero luego, con la cabeza más fría, recapacitó en todo aquello. 

«Le daba y le daba y no sabes cómo se movía», confiesa el mago. «Lloraba y decía que le dolía mucho. Pero yo, en lugar de dejar de hacerlo, la agarré más fuerte y seguí hasta terminar. Se trata sin duda de un lugar donde tienen sometidas a las mujeres.» 

Al fin, llega mi cita. Nos sentamos cerca del cristal de la ventana que da al Obelisco. 











«No tengo dudas de que es un antro el lugar, todo muy sucio», dice apenas se sienta, para romper el hielo. «Cuando fui a ducharme, una ducha toda desgastada y dentro de la bañera baldes con ropa de las chinas flotando en un agua mugrienta, me crucé con dos chinos que me miraron fiero un segundo y luego sonrieron cuando comprendieron que era un cliente. Estaba con una toalla cruzada en la cintura y la china con la que había estado me guiaba a ese baño sucio.» 

«¿Y me lo contás para que lo publique?», le dije. «No sé si podré, no soy periodista, no siempre consigo que me metan un artículo.» 

Y era cierto. Es difícil que se me publiquen mis investigaciones. Incluso las que cuentan con muchísimo material y son originales, encuentran un muro en las revistas de España donde las envío. 

En Buenos Aires, debo reconocer que nunca probé de enviar a ningún diario nada, pues la mayoría de mis investigaciones tienen un componente asociado al pensamiento mágico que las hace muy especiales. La niña de las agujas en la cabeza fue un caso criminal, pero es algo extraño que suceda. Lo mismo el pequeño que fue culpado de lobizón y ante la agresión a la familia intervino la policía. Los animales destripados, también es criminalístico, pero de nuevo aquel misterio sobrevolando el episodio. 

Ningún diario, por el contenido que leo en ellos, le podría interesar. Quieren cosas concretas. Un asesino en serie, el crimen de un jubilado, los pibes chorros, la droga, esas cosas. Ahora, trata de blancas, quien sabe. 

El hombre me confesó donde había sucedido todo y me dijo que las mujeres eran sometidas por, seguramente, la mafia china. Me enseñó un video grabado con su cámara. 

«Filmé a la china y ni se avivó, mirá. »

No se veía gran cosa, una silueta de mujer de espaldas con el cabello negro y vestida con un traje negro y largo. 

«Me juego que son tratantes de blancas», me dice. «Las deben traer en container al país y las hacen laburar. La mayoría se las ven afligidas y con la cara por el piso, no tienen entusiasmo como otras putas. »

«¿Y vos tenés relaciones con una persona en tal estado?», le lancé críticamente. 

«¿Y qué querés que haga? Cuando estoy caliente estoy caliente. La quiero poner donde sea y como sea. Soy un adicto, vos no me vas a entender nunca.  »

«Pero ¿ahora te das cuenta de donde te metiste no?», le digo. 

«Sí, claro que lo sé. Te voy a confesar que había cierto morbo en hacerlo así. Ya la primera vez me di cuenta cómo venía la mano, pero probé una segunda - la peor, la que sentí de verás que estaba violando alguna ley moral - para cerciorarme. Leí en foros que muchos puteros habían tenido multitud de experiencias bizarras con esas mujeres y yo quería probarlo también. Había algo atractivo en verlas tan indefensas y sometidas, no sé, capaz porque soy un machista, pero no perdí la erección en ningún momento. »

«¿ Y por qué me lo contás a mí y me decís de vernos en este local ahora?.» 

«Porque capaz te interesa para algún libro o un artículo, que sé yo. Me pareció que podías hacer algo por las mujeres.» 

«Si fuera periodista tal vez», le digo. «O si me dieran bola las revistas o diarios, cosa que no sucede si no tenés un gancho dentro.»  

Aquella fue la charla, y está, la resucitación del recuerdo. Jamás lo escribí, nunca lo investigué, y mucho menos tuve idea de publicarlo. 

Pero encontré estas imágenes rusas de un burdel clandestino en los países del este y recordé a mi viejo conocido y su charla. Todo cobró un cariz mucho más real y siniestro. Nada como las imágenes para tomar conciencia de ciertas cosas. 

En Rusia, la policía allanó el lupanar y encontró a las meretrices orientales en sus habitaciones rancias y adaptadas para el placer fugaz de hombres de toda índole. 

Un rejunte de drogas, seguro para tolerar aquella difícil vida, y otro tanto de profilácticos, completaban el panorama devastador de esa vida degradada. 







Viendo aquellas imágenes no me costó imaginar la triste vida de aquellas mujeres, sacrificando sus cuerpos por los hombres, modernas esclavas sexuales con su maquinaria biológica pisoteada todos los días. 

¿Quién es el culpable de que tales lupanares existan?. Los propios clientes. Cada vez que una persona paga por sexo corrompe a estas mujeres. 

En el caso de mi conocido, le importaba un comino lo que sucedía mientras pudiera «ponerla». Sabía que estaba en un lugar clandestino, que a las orientales las estaban explotando, pero le importaba muy poco con tal de ver satisfecho su placer. 

He aquí las fotos de esta sórdida vida. ¿Cuántos de estos lugares funcionan hoy día activamente, en las provincias y en nuestra propia ciudad ?. Deben ser centenares. 

Pero se cierran y se abren como las piernas de estas damiselas; la voluntad que se mueve detrás es mucho más poderosa que todo ideal utópico. 



















Con la tecnología de Blogger.
Author
 
Copyright © 2015 Sebastián Jarré
Diseñado por Sebastián Jarré